Ética & sociedad IA y salarios: la promesa de productividad que no llega al bolsillo
La automatización aumenta la productividad empresarial, pero los salarios no crecen al mismo ritmo. ¿Qué significa esto para América Latina y sus trabajadores?
La inteligencia artificial prometía liberar a los trabajadores de tareas repetitivas para que pudieran concentrarse en labores de mayor valor. Pero en la práctica, el tiempo ahorrado no se ha traducido en mejores condiciones laborales, sino en más encargos, plazos más ajustados y expectativas más elevadas. Una encuesta reciente sobre la experiencia de los trabajadores con herramientas de IA reveló que la productividad adicional no siempre beneficia a quienes la generan: cuando un empleado realiza en dos horas una tarea que antes le ocupaba toda la mañana, la empresa puede optar por mejorar sus resultados o simplemente aumentar la carga de trabajo hasta completar la jornada, sin ningún ajuste salarial.
Esta tensión entre eficiencia y remuneración no es un accidente. Un estudio de investigadores de la Universidad Complutense de Madrid y la London School of Economics analizó datos salariales de España entre 2000 y 2019 y encontró que la automatización es un motor clave de la desigualdad. Según el trabajo, si no hubiera existido el desplazamiento de tareas provocado por la tecnología, el coeficiente de Gini —que mide la desigualdad— habría sido un 21,5% menor. Es decir, una parte significativa de los ingresos se habría redistribuido desde el 10% más rico hacia los sectores medios y bajos. El estudio distingue además entre automatización e inteligencia artificial: mientras la primera tiende a deprimir los salarios en la mitad de la distribución, la IA incrementa los ingresos en la cúspide, lo que profundiza la brecha.
La promesa de que la tecnología siempre crea más empleo del que destruye se sostiene sobre un supuesto silencioso: que la inteligencia humana sigue siendo el recurso escaso. Pero cuando la capacidad cognitiva también se vuelve abundante gracias a modelos de lenguaje capaces de escribir código, diseñar productos o analizar mercados, ese supuesto se resquebraja. El ensayo 'The 2028 Global Intelligence Crisis', de CitriniResearch, plantea un escenario donde se activa un bucle sin freno natural: la IA mejora, las empresas reducen plantilla, reinvierten en IA y la tecnología mejora aún más. Desde el punto de vista de cada firma, la decisión es racional; desde el sistémico, puede ser disruptiva.
Frente a esta dinámica, China ha optado por una vía diferente. El Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social del país asiático publicó un plan estratégico para los próximos cinco años que sitúa la estabilidad laboral y la redistribución salarial en el centro de la agenda. La iniciativa propone que los incrementos de productividad impulsados por la IA se traduzcan en un aumento real de los ingresos de las familias, impulsando la negociación colectiva en el sector privado y limitando las remuneraciones desproporcionadamente elevadas en las empresas públicas. Huang Yiping, decano de la Escuela Nacional de Desarrollo de la Universidad de Pekín, explicó que 'el capital captura una mayor parte de los beneficios derivados de la mejora de la productividad, ya que proviene de la tecnología en lugar de las habilidades individuales de los trabajadores'.
Para América Latina, donde la informalidad laboral ronda el 50% en varios países, esta discusión tiene matices urgentes. Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo estima que el 25% de los empleos formales en la región están en riesgo alto de ser automatizados en la próxima década, pero sin que existan aún sistemas de protección social robustos ni programas de reciclaje masivos como los que plantea China. En economías donde la negociación colectiva es débil y la productividad no siempre se refleja en mejores salarios, el riesgo es que la IA profundice una desigualdad ya estructural.
La IA no impone por sí sola una mayor carga laboral; son las decisiones empresariales y de política pública las que determinan cómo se utiliza la productividad generada. Si el tiempo ahorrado se emplea en mejorar la calidad del trabajo y reducir tareas repetitivas, la tecnología puede ser una herramienta de bienestar. Pero si se traduce en más demanda por el mismo salario, la brecha no hará sino crecer. La pregunta que queda sobre la mesa para los líderes latinoamericanos es: ¿cómo se rediseñan los sistemas que asumían que la inteligencia era escasa cuando esa escasez ya no existe?