Cuando el progreso se ampara en el silencio

La propuesta de la EPA para limitar la intervención pública en permisos de plantas contaminantes que alimentan centros de datos pone en riesgo derechos fundamentales y buena gobernanza.

Cuando el progreso se ampara en el silencio

Foto: Ars Technica

La expansión de la inteligencia artificial requiere energía, y esa energía no es neutra. Detrás de cada modelo de lenguaje, cada inferencia en la nube y cada consulta a un asistente virtual hay data centers que consumen electricidad a una escala comparable a la de ciudades enteras. Ante esa demanda, la administración estadounidense ha puesto sobre la mesa una propuesta regulatoria que, bajo el pretexto de agilizar el desarrollo, amenaza un pilar básico de cualquier democracia ambiental: el derecho de las comunidades a ser informadas y a participar antes de que una instalación contaminante se instale en su vecindario.

La Agencia de Protección Ambiental (EPA) ha propuesto delegar en los estados la potestad de decidir cómo —y si— el público tiene voz en los procesos de autorización de nuevas fuentes de contaminación. En términos prácticos, esto permitiría construir plantas de gas o generadores diésel para abastecer centros de datos con poco o ningún aviso a los vecinos. La discusión no es técnica; es política. Y es de fondo.

El derecho a disentir no es un lujo

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No sorprende que la iniciativa surja justo cuando la oposición comunitaria a los centros de datos se ha intensificado en varios puntos del país. Vecinos organizados, activistas ambientales y gobiernos locales han usado precisamente los procesos de permisos existentes para frenar o condicionar proyectos que consideran perjudiciales para su calidad de vida. Lo que la propuesta de la EPA busca, en esencia, es eliminar ese freno. No acelerar la innovación, sino silenciar a quienes pueden ponerle límites.

La aceleración de la infraestructura de IA no es negociable para muchas tecnológicas, pero tampoco debería serlo la transparencia. Reducir la participación pública no hace que los proyectos sean más eficientes; los vuelve más opacos y, a la larga, más conflictivos. Una comunidad que descubre una planta de diésel en su barrio sin haber tenido oportunidad de expresar sus preocupaciones no celebrará la llegada de empleos o inversión: reaccionará con desconfianza y litigios. El cortoplacismo regulatorio genera costos sociales y legales que suelen ser más altos que la demora de unos meses en un permiso.

Lo que está en juego para América Latina

Aunque la propuesta de la EPA se refiere al territorio estadounidense, sus implicaciones alcanzan a toda la región. Los grandes actores de la nube —Amazon, Google, Microsoft, Oracle— están expandiendo su presencia en América Latina con nuevos centros de datos en Chile, Brasil, Colombia y México. Los marcos regulatorios en estos países no siempre son robustos. Si la tendencia global es relajar los controles ambientales y la participación ciudadana en nombre de la competitividad digital, el riesgo de que esa relajación se replique en la región es real.

Los ejecutivos latinoamericanos que toman decisiones de inversión o desarrollo deben preguntarse: ¿queremos construir la infraestructura del futuro sobre cimientos de exclusión y falta de legitimidad social? Un centro de datos que se instala sin diálogo con la comunidad no es un activo estratégico; es una bomba de tiempo reputacional y operativa.

Transparencia como ventaja competitiva

La postura de este medio es clara: la participación ciudadana no es un obstáculo a la innovación, sino un mecanismo de calidad democrática que mejora los proyectos. Cuando una comunidad tiene voz, los promotores se ven obligados a explicar sus planes, a considerar alternativas menos contaminantes y a negociar compensaciones. Ese proceso puede ser incómodo, pero genera licencia social duradera. Las empresas que lo entienden no temen a las audiencias públicas; las integran como parte de su estrategia de sostenibilidad.

Los datos duros respaldan esta tesis. Según el Global Energy Monitor, los proyectos energéticos que enfrentan una fuerte oposición comunitaria tienen tasas de abandono o retraso significativamente mayores que aquellos que incorporan consultas tempranas. Ignorar a los vecinos no acelera el cronograma; lo entrampa.

Un falso dilema

Hay quien argumenta que, en la carrera por liderar la inteligencia artificial, no podemos darnos el lujo de procesos burocráticos largos. Es un argumento seductor, pero falso. No hay una elección binaria entre velocidad y democracia. Lo que existe es una decisión sobre quién paga los costos del progreso. Si se elimina la participación ciudadana, los costos —ruido, contaminación, presión sobre los recursos hídricos, impacto paisajístico— los asumen las comunidades sin compensación ni consentimiento. Eso no es progreso; es captura regulatoria.

La propuesta de la EPA, aunque aún es eso —una propuesta en fase de audiencia pública—, debe ser vista como una señal de alerta. Donde se debilita la participación, se fortalece la desigualdad. Y en un sector que promete transformar la economía global, no podemos permitir que esa transformación se construya a espaldas de quienes habitan los territorios donde se instalan las máquinas.

Cierre preventivo

Los directivos que lideran la expansión de infraestructura digital tienen una responsabilidad que va más allá del balance. Deben preguntarse si quieren ser recordados como quienes aceleraron la innovación a costa del silencio impuesto a las comunidades, o como quienes demostraron que la transparencia y el diálogo son activos estratégicos. La regulación puede cambiar, pero la legitimidad social no se decreta: se construye. Y cuando se construye sobre el silencio, el ruido de la protesta es solo cuestión de tiempo.

Fuentes

  1. Las empresas de IA quieren más centros de datos; la EPA de Trump podría dar menos voz a los vecinos
  2. La Administración Trump quiere cambiar las reglas de participación pública para los contaminadores
  3. La ONU alerta sobre el impacto ambiental de los centros de datos en la ...
Henry González

Escrito por

Henry González

Experto en procesos y calidad

Ingeniero industrial con una obsesión por los estándares. Certificado en ISO 9001, ISO 27001 e ISO 42001 — la norma que define cómo las organizaciones deben gestionar la inteligencia artificial de forma responsable. Para Henry, la IA no es solo tecnología sino un sistema que debe auditarse, gobernarse y medirse.