Players Zuckerberg vs. la élite: el debate sobre quién debe controlar la superinteligencia
Mark Zuckerberg aboga por una superinteligencia personal y distribuida, en contra de la concentración de poder. Mientras, la opinión pública en EE.UU. se vuelve más escéptica. ¿Qué significa este debate para América Latina?
Mark Zuckerberg ha publicado un artículo de opinión en el Wall Street Journal donde plantea una disyuntiva que, según él, definirá el futuro de la inteligencia artificial: ¿la superinteligencia quedará concentrada en manos de unas pocas instituciones o será una herramienta que los individuos puedan controlar directamente? El CEO de Meta no anuncia un producto ni revela cifras de rendimiento, sino que establece una postura filosófica. Su concepto de “superinteligencia personal” se sostiene en tres pilares: el empoderamiento individual como fuente de prosperidad, la invención como propósito central de la IA, y el equilibrio de poder como base de la seguridad.
La crítica de Zuckerberg apunta directamente a sus competidores. En el texto, califica de “sorprendente” que el discurso de muchos desarrolladores de IA esté “tan lleno de fatalismo”, y cuestiona por qué alguien que cree que la IA eliminará la mayoría de los trabajos y la relevancia humana se apresuraría a construirla. Va más allá: considera “peligrosa” la idea de que los riesgos de la IA justifiquen concentrar el poder en unas pocas manos, y advierte que esperar que un poder absoluto actúe benévolamente “no ha llevado a resultados seguros o positivos”. No nombra a nadie, pero el mensaje es claro: apunta a laboratorios como OpenAI y Google DeepMind.
Esta postura de Meta coincide con un momento de creciente escepticismo público. Una encuesta del Pew Research Center de febrero de 2026 revela que el 40% de los adultos estadounidenses cree que la IA tendrá un impacto negativo en la sociedad en los próximos 20 años, mientras que solo el 18% prevé un impacto positivo. Además, dos tercios de los encuestados consideran que la IA avanza demasiado rápido. El escepticismo es particularmente alto entre los adultos menores de 30 años, un grupo demográfico que, paradójicamente, es el que más usa estas herramientas. Casi la mitad de los estadounidenses (44%) ya usa ChatGPT, y la mayoría de los adultos emplea chatbots para buscar información o para tareas laborales.
En paralelo, un grupo de más de 45 investigadores y expertos, reunidos en el Columbia Convening on AI Openness and Safety, publicó un documento que refuerza la visión de Zuckerberg desde la academia. El informe concluye que la apertura —entendida como pesos transparentes, herramientas interoperables y gobernanza pública— puede mejorar la seguridad al permitir el escrutinio independiente y la mitigación descentralizada de riesgos. Sin embargo, también identifica brechas significativas: la falta de evaluaciones multimodales y multilingües, defensas limitadas contra ataques en sistemas de agentes autónomos, y mecanismos insuficientes para que las comunidades más afectadas participen en las decisiones de seguridad.
El debate sobre el control de la superinteligencia no es solo teórico. De fondo, hay un problema práctico de alineación: cómo asegurar que sistemas mucho más inteligentes que los humanos actúen según nuestros valores. Un paper académico reciente propone un protocolo llamado “caja múltiple”, donde varias superinteligencias diversas, aisladas entre sí y sin comunicación con humanos, se evalúan mutuamente. La idea es que, al no poder coordinar engaños, su acuerdo solo puede basarse en la verdad objetiva. Es una solución elegante en teoría, pero requiere resolver dos problemas previos: cómo crear superinteligencias realmente diversas y cómo mantenerlas aisladas de forma segura.
Para los ejecutivos latinoamericanos, la pugna entre apertura y concentración tiene consecuencias concretas. Si la tendencia es hacia modelos abiertos como los de Meta, las empresas de la región podrían acceder a tecnología de frontera sin depender de licencias costosas o de la buena voluntad de unos pocos proveedores. Ya hay señales de ello: según un estudio de a16z, el 46% de los líderes de empresas Fortune 500 prefiere usar modelos de código abierto. Pero también hay riesgos. La implementación de estos modelos requiere capacidades técnicas que no siempre están disponibles, y la falta de herramientas de seguridad en español y otros idiomas de la región puede exponer a las organizaciones a vulnerabilidades. El reto, entonces, no es solo técnico, sino estratégico: ¿cómo aprovechar la apertura sin quedar expuesto?