Cuando los máximos ejecutivos de las empresas que lideran la inteligencia artificial piden en público frenar el desarrollo de sus propios productos, el mercado tiende a escuchar. Y el 14 de septiembre esa señal se tradujo en una ola de ventas que golpeó a las acciones tecnológicas en Asia. El detonante fue una seguidilla de declaraciones de Dario Amodei, de Anthropic; Sam Altman, de OpenAI; y Elon Musk, de SpaceXAI, quienes coincidieron en que el ritmo actual de avance debería moderarse por los riesgos que implica.
La reacción en las bolsas fue inmediata. En Japón, SoftBank, socio inversor de OpenAI, llegó a desplomarse 13.2% en un momento de la jornada; el fabricante de memorias Kioxia perdió hasta 9.8% y Tokyo Electron, proveedor de equipos para semiconductores, cedió 3.7%. En el resto de la región, TSMC retrocedió 1.2% en Taiwán, mientras que SK Hynix y Samsung cayeron 5.3% y 3.7% en Corea del Sur, según Reuters vía ITmedia AI+. Takayuki Miyajima, economista senior de Sony Financial Group, lo había anticipado en un informe: las declaraciones del fin de semana generarían presión de venta sobre las acciones de IA y semiconductores en Tokio.
El movimiento amplio refleja cuán entrelazada está la cadena de valor de la IA: cuando quienes construyen el software advierten, toda la infraestructura asociada paga el costo en las pantallas de los inversores.
¿Qué dijeron exactamente? Amodei publicó el 12 de septiembre un ensayo en el que pidió a las empresas de IA moderar la velocidad de sus desarrollos y advirtió que, en un plazo de seis a doce meses, los agentes autónomos podrían tomar el control de internet y generar pérdidas por cientos de miles de millones de dólares. Altman y Musk se sumaron públicamente a esa postura; Altman fue más allá y anunció que OpenAI no realizará su oferta pública inicial este año, citando preocupaciones de seguridad.
La tensión también es interna. Jacob Coxon, investigador de Anthropic, renunció con una declaración contundente: quienes desarrollan estos sistemas creen, según él, que la tecnología podría extinguir a la humanidad antes del final de la década.
El debate que divide a inversores y gobiernos
La política entró en escena al mismo tiempo. Mientras varios legisladores estadounidenses presionan por nuevas regulaciones, Donald Trump salió a defender el liderazgo del país y calificó a los críticos de la IA como una fuerza muy negativa que plantea escenarios improbables. En paralelo, los gobiernos de Estados Unidos y China acordaron incluir la seguridad de la IA en las conversaciones bilaterales de este mes, según dos personas al tanto del asunto. La prensa estatal china, desde el diario Global Times, respondió con un editorial que califica el ensayo de Amodei como un manual de guerra fría para frenar el desarrollo tecnológico del país.
En el terreno financiero, las lecturas son opuestas. El inversor Michael Burry, conocido por haber anticipado la crisis de 2008, dijo que las advertencias son puro hype y bravuconería para ocultar una desaceleración fuera de control. Saxo Bank, en cambio, cree que estas declaraciones seguirán siendo un lastre para las acciones de IA y semiconductores en el corto plazo.
La duda de fondo, sin embargo, la planteó Sebastian Murray, gestor de carteras de T. Rowe Price: no se trata de si la IA transformará el mundo —algo que considera casi inevitable— sino de quién capturará los retornos de los miles de millones invertidos en nueva infraestructura. Esa pregunta es global, pero tiene aristas particulares para América Latina.
América Latina, un actor que mira desde afuera
Las empresas de la región son usuarias netas de la cadena de valor de la IA: dependen casi por completo de los modelos fundacionales, las nubes y los chips que se diseñan fuera de la región. Una desaceleración del desarrollo, o simplemente una corrección de expectativas en los mercados globales, se transmite de forma directa a sus costos operativos, al acceso a capacidad de cómputo y a la disponibilidad de capital para startups locales.
Para los fondos de venture capital y los emprendedores de la región, las advertencias llegan en un momento sensible. Si los grandes jugadores moderan sus planes de inversión, las rondas de financiamiento —que dependen de la confianza de inversores internacionales— podrían volverse más selectivas. En el otro extremo, si la burbuja de infraestructura se desinfla, podrían aparecer oportunidades de acceder a cómputo a precios más razonables por un exceso de oferta; aunque la demanda regional todavía es incipiente para aprovechar ese escenario de inmediato.
La pregunta que debería quedar flotando en las salas de directorio no es si las advertencias son genuinas o calculadas. Es cómo sostener la adopción de IA en un contexto donde los que marcan el ritmo de la industria están, al mismo tiempo, discutiendo si deben detenerse. Hasta que esa contradicción se resuelva, la volatilidad seguirá siendo parte del paisaje.