La apuesta china por robots humanoides: entre la exhibición y la fábrica
Cuando las cámaras de todo el mundo mostraron robots humanoides ejecutando patadas voladoras o bailando en ferias tecnológicas, el espectáculo parecía puro marketing. Pero 2025 marcó un punto de inflexión: según datos del sector, China produjo 12.800 robots humanoides, casi el 90% del total mundial, y ya los está utilizando en plantas de ensamblaje, almacenes logísticos y centros de entrenamiento. Es fácil dejarse impresionar por la cifra, pero los ejecutivos latinoamericanos que están evaluando su estrategia de manufactura no deberían apresurarse a conclusiones. La brecha entre la retórica estatal y la capacidad real de estas máquinas sigue siendo enorme.
La dura realidad de la "inteligencia corpórea"
En un centro de entrenamiento en Liuzhou, al sur del país, más de cien humanoides pasan días enteros intentando clasificar cajas o empaquetar fideos. Un entrenador humano, con auriculares y controladores de movimiento, guía cada gesto. Pero el avance es frustrante: un novato necesita cientos de intentos para lograr un solo movimiento útil, y un experto apenas reduce esa cantidad a una sexta parte. El fundador de UBTech, el principal fabricante, reconoció sin rodeos que los robots actuales "solo alcanzan la mitad de eficiencia de un humano". En un informe de MERICS se señala que incluso en el CES de Las Vegas, más de la mitad de los expositores de robótica humanoide eran chinos, pero la mayoría mostraba prototipos, no soluciones productivas.
Los números crudos revelan una realidad más compleja. La cifra de 12.800 unidades parece imponente, pero solo representa el 2% de los 556.000 robots industriales tradicionales que China fabricó el mismo año. Los humanoides son máquinas caras, lentas y con una autonomía limitada. A pesar de los avances de empresas como Kepler Robotics con su robot K2, capaz de levantar 30 kilos en tareas de logística básica, o el despliegue de Midea en su planta de lavadoras en Wuxi, la mayoría de las aplicaciones se concentran en entornos altamente estructurados: empacar teléfonos, clasificar paquetes o inspeccionar componentes en líneas de ensamblaje.
El motor del impulso: dinero estatal, no demanda del mercado
La pregunta incómoda es cuánto de este boom es real y cuánto está sostenido por el Estado. Entre enero y junio, los gobiernos nacionales, provinciales y locales chinos gastaron al menos 230 millones de dólares en compras de humanoides y equipos relacionados, frente a los 62 millones del mismo período del año anterior. El gigante estatal State Grid anunció un plan para invertir 1.000 millones de dólares en robots para el mantenimiento de redes eléctricas. Incluso Shenzhen, el antiguo centro tecnológico, diseña un clúster industrial de 15.000 millones de dólares con más de 1.200 empresas de robótica. Es un patrón conocido: subsidiar, sobreproducir y provocar una competencia feroz para reducir costos, como ya hicieron con los paneles solares y los vehículos eléctricos.
Pero hay una diferencia crucial. Cuando China aceleró la producción de EVs, la tecnología subyacente ya era madura y la demanda internacional existía. Los humanoides, en cambio, siguen siendo una tecnología temprana con problemas sin resolver en destreza, fiabilidad e inteligencia. La analista Lizzi Lee, del Asia Society Policy Institute, lo describe sin eufemismos: este modelo es un "Hunger Games" artificial que genera una competencia hiperagresiva, que inevitablemente producirá desperdicio y una consolidación dolorosa. El fundador de una empresa de robótica lo dijo sin rodeos: "El CI de los robots es demasiado bajo. Mucho de lo que vemos es danza disfrazada de trabajo".
¿Qué significa esto para América Latina?
Para los directivos latinoamericanos, la consecuencia no es que llegue una oleada de humanoides a sus fábricas. El riesgo real está en la reconfiguración de las cadenas de valor globales. Si China logra automatizar sus plantas de manufactura a costos competitivos, la ventaja comparativa que hoy tienen países como México, Brasil o Colombia para atraer inversión en ensamblaje podría erosionarse. No es descabellado imaginar que, en la próxima década, muchas líneas de producción que se trasladaron a América Latina por el costo laboral vuelvan a migrar hacia fábricas chinas completamente automatizadas.
Sin embargo, la vulnerabilidad china también es un dato de contexto. La dependencia de Nvidia para la inteligencia artificial subyacente y la reciente prohibición estadounidense de importar humanoides chinos, por temor a ciberataques, sugieren que la carrera está lejos de definirse. La división del trabajo que se percibe es clara: China fabrica el hardware, Estados Unidos provee el software. Pero eso significa que el ecosistema está sujeto a tensiones geopolíticas impredecibles.
La ventana de oportunidad para la región
La respuesta para América Latina no es imitar el modelo chino de subsidios masivos, sino prepararse para un entorno productivo en transición. Eso implica tres prioridades: invertir en reconversión laboral para trabajadores de manufactura, fomentar la investigación aplicada en robótica e IA, y diseñar políticas industriales que reconozcan que la automatización no es un evento futuro, sino un proceso en marcha. Unos pocos centros de investigación en Chile, Colombia y Brasil ya están explorando estas capacidades, pero el esfuerzo sigue siendo marginal comparado con la escala asiática.
La pregunta real no es si los robots humanoides se volverán eficientes algún día. Es si las empresas y los gobiernos latinoamericanos usarán este período de baja productividad incipiente para adaptarse o si esperarán pasivamente a que la tecnología alcance su punto de inflexión, que puede llegar más temprano de lo que se cree. Cuando eso ocurra, las decisiones de esta década definirán quién está en la mesa de la próxima revolución industrial y quién quedará fuera.