La inteligencia artificial dejó atrás el mundo simbólico de textos e imágenes para entrar en una etapa donde los algoritmos perciben, deciden y actúan sobre el mundo físico. Ese salto, de la pantalla al cuerpo, es el rasgo definitorio del próximo ciclo tecnológico. Pero la pregunta que debería ocupar a los directorios no es cuánto pueden hacer estos robots, sino cuánto estamos dispuestos a creerles.
La confianza como variable de diseño
La evidencia reciente muestra que la confianza no es un sentimiento único, sino un conjunto de juicios que cambian según la forma en que la máquina se presenta. Un estudio publicado en el International Journal of Social Robotics comparó a un robot con cuerpo, Pepper, con un asistente de voz sin cuerpo, Alexa, en una tarea competitiva. El robot encarnado generó más disfrute, fue percibido como un oponente más real y, sobre todo, como menos propenso a hacer trampa. Alexa, en cambio, resultó más predecible y fue preferida para delegar decisiones en un escenario más complejo.
La conclusión no es que un formato sea superior al otro, sino que la corporeidad altera qué dimensión de la confianza se vuelve relevante: un cuerpo que actúa a la vista comunica transparencia, y la transparencia se interpreta como justicia.
Esa dinámica tiene consecuencias concretas en fábricas y hogares. Hyundai tomó el control total de Boston Dynamics y planea producir 30.000 robots al año, con la meta de que sus humanoides asuman el ensamblaje de sus líneas hacia 2030. En paralelo, sus trabajadores protagonizaron la primera huelga total en más de una década para exigir garantías ante la automatización. El argumento corporativo de que los robots crean nuevas categorías de empleo choca con una plantilla que no sabe cuáles serán. La confianza de los trabajadores no se conquista con promesas: se construye con programas de reconversión concretos y verificables.
En el ámbito de los cuidados, el contraste es instructivo. La industria suele partir de la capacidad tecnológica y buscarle aplicaciones. El proyecto Adacen, impulsado en Navarra por el Gobierno foral junto a entidades sociales, invierte la lógica: primero escucha las necesidades reales de las personas mayores, luego co-diseña soluciones y solo al final construye prototipos. Su gerente, Andrés Ilundain, lo resume sin ambigüedad: no se trata de adaptar a las personas a la tecnología, sino de adaptar la tecnología a las personas. Esa inversión de prioridades es la que falta en muchas estrategias corporativas, y es la que determina si un robot de compañía reduce el aislamiento de un adulto mayor o termina guardado en un armario.
Los avances técnicos explican parte del entusiasmo. Los sistemas de visión con sensores RGB-D, que combinan color y profundidad, alcanzan una precisión del 94 % en tareas de recogida de piezas a alta velocidad, y las redes neuronales aplicadas a inspección por ultrasonidos logran 99,3 % de exactitud con 75 % menos de parámetros. Pero los propios autores de estos estudios señalan tres desafíos que ningún chip resuelve: la generalización a escenarios no vistos, la robustez a lo largo de los años y la confianza humano-máquina. El hardware dejó de ser el único cuello de botella.
Conviene moderar las expectativas. Los robots humanoides actuales todavía no son capaces de tender la colada de forma autónoma. Y el neurocientífico Antonio Damasio advierte que no tenemos mentes desincorporadas: la inteligencia artificial puede simular procesos mentales, pero no replica la regulación biológica que produce consciencia. Aun así, el vicepresidente primero de Navarra, Javier Remírez, sostiene que en una década podría haber un robot en cada hogar. Es una posibilidad técnica; la adopción real dependerá de factores emocionales, económicos y regulatorios.
Los tres frentes que decidirán la adopción
Tres frentes éticos definirán si la robótica inteligente se instala en la vida cotidiana o se queda en una demostración de laboratorio. El primero es la responsabilidad: si un robot decide en un entorno impredecible, quién responde cuando se equivoca. El segundo es la privacidad: un dispositivo que aprende las rutinas de una casa acumula información íntima que la regulación apenas empieza a cubrir. El tercero es el sesgo: lo que en el mundo digital es una recomendación injusta, en el mundo físico puede traducirse en un trato desigual hacia una persona mayor o con discapacidad.
Para los líderes de América Latina, la lección es directa. La adopción masiva de robots con IA no la decidirá la ingeniería, sino la percepción de seguridad, transparencia y control. Las empresas que diseñen con la lógica de Adacen, empezando por el problema humano, tendrán ventaja competitiva. Las que repitan el patrón de Hyundai, anunciando empleo nuevo sin especificarlo, cargarán con una desconfianza que ningún indicador técnico puede revertir. La pregunta de la próxima década no es qué pueden hacer los robots, sino qué queremos que hagan y bajo qué condiciones. De esa respuesta depende que la IA física sea una herramienta al servicio de las personas o una fuente adicional de fractura social.