Incendios sin plan, territorios sin red
Mientras España vivía este verano el infierno de los incendios forestales, con focos fuera de la capacidad de extinción en la Vall d'Uixó y la zona centro, el debate público se limitó al heroísmo de los bomberos, la indignación por la descoordinación y la promesa de más medios aéreos. Nadie mencionó la ISO 37101. No es una sigla que aparezca en los titulares, pero es exactamente el tipo de herramienta que separa a las comunidades que reaccionan de las que han tejido una red de prevención y resiliencia antes de que el fuego llegue.
La ISO 37101 —norma internacional sobre sistemas de gestión para el desarrollo sostenible en comunidades— no apaga incendios. Pero establece un marco sistemático para que una ciudad o región integre sostenibilidad, adaptación climática y gestión de riesgos en sus procesos de planificación. En lugar de improvisar cada verano, obliga a definir indicadores, asignar responsabilidades y auditar resultados. Es, en esencia, un protocolo civilizatorio frente a la turbulencia climática.
El costo de no tener protocolo
España no es un caso aislado. Chile e Italia comparten la misma vulnerabilidad estructural: temporadas de incendios cada vez más largas, sequías que la ISO 37101 aborda como parte de la gestión de recursos y adaptación, y una resiliencia comunitaria que depende más de la voluntad de turno que de un estándar verificable. El fuego no distingue fronteras, pero las fronteras sí distinguen entre quienes tienen un sistema de gestión y quienes no.
La norma, tal como documenta el análisis sobre ciudades ucranianas y la experiencia de brigadas australianas adaptables a Europa, no nace en el vacío. Se apoya en indicadores concretos (ISO 37120, ISO 37122, ISO 37123) que miden desde la respuesta de emergencias hasta la capacidad de recuperación económica tras un desastre. Cuando se aplica de forma consistente, permite que un municipio sepa, con datos, qué umbral de calor extremo desencadena el cierre de escuelas, qué reservas de agua necesita para resistir una sequía prolongada o cómo reubicar viviendas en zonas de alto riesgo sin esperar a que ardan.
De la reacción a la prevención
La evidencia disponible muestra que la ISO 37101 puede articular mecanismos de financiación climática: el informe sobre seguros basados en la naturaleza menciona un producto de resiliencia contra incendios de 2,5 millones de dólares que cubre 1.345 hectáreas, alineado con la familia de normas ISO sobre adaptación climática. No se trata de un seguro cualquiera, sino de un instrumento que solo funciona si la comunidad cumple con estándares de prevención predefinidos. Es decir, la norma no solo organiza, sino que habilita acceso a capital que de otro modo se niega a territorios considerados de alto riesgo.
En el extremo opuesto, los incendios en California en enero de 2025 —documentados en el análisis de infraestructuras inteligentes para crisis— mostraron que incluso las regiones más ricas del mundo colapsan cuando sus sistemas de alerta y respuesta no están integrados en un marco de sostenibilidad y resiliencia como el que propone la ISO 37101. Sin ese marco, la tecnología por sí sola —sensores, drones, satélites— es ruido; con él, se convierte en una red que anticipa, coordina y aprende.
El protocolo que falta en el debate público
La discusión sobre incendios en España, Chile e Italia rara vez trasciende la anécdota estacional. Se habla de medios, de penas para pirómanos, de cambio climático como telón de fondo. Pero no se habla de normas de gestión verificables. La ISO 37101 ofrece exactamente eso: un sistema para que las decisiones de prevención y respuesta no dependan del político de turno ni del presupuesto sobrante, sino de un estándar internacional auditado.
Implementarla implica trabajo técnico, inversión en datos y una voluntad institucional que hasta ahora brilla por su ausencia. Pero el costo de no hacerlo se mide cada verano en hectáreas quemadas, vidas perdidas y economías locales devastadas. La pregunta no es si la norma es suficiente —ningún estándar lo es—, sino si seguiremos apostando por la improvisación cuando el protocolo ya está escrito.