Latam El océano como campo de batalla: cables submarinos y la nueva geopolítica de la IA
Los cables submarinos, arterias invisibles de la IA, se vuelven blancos geopolíticos. Mientras gigantes tecnológicos trazan nuevas rutas para asegurar su infraestructura, América Latina enfrenta un riesgo silencioso de dependencia y vulnerabilidad.
El fondo del océano se ha convertido en un escenario de tensiones que redefine cómo entendemos la infraestructura digital. Durante una conferencia en Singapur a finales de mayo, el ministro de defensa de Australia, Richard Marles, describió el lecho marino como un «campo de batalla», advirtiendo sobre la creciente vulnerabilidad de los casi 700 cables de comunicaciones que yacen expuestos bajo el agua. La preocupación no es nueva, pero los incidentes recientes en el mar Báltico y alrededor de Taiwán han convertido esta amenaza en una prioridad estratégica para gobiernos y empresas tecnológicas.
El auge de la inteligencia artificial está redibujando el mapa de estas conexiones. A diferencia de décadas anteriores, cuando los consorcios de telecomunicaciones dominaban el tendido de cables, hoy son los gigantes de internet quienes invierten directamente en sus propias autopistas de datos. Meta, con su proyecto Waterworth valorado en 10.000 millones de dólares, y Google, que ha anunciado que la Isla de Navidad será un nodo central para una red que conectará Australia con Oriente Medio, son ejemplos de una tendencia donde el control de la infraestructura física determina la capacidad de escalar la inteligencia artificial.
El caso más reciente es la entrada de Microsoft en el consorcio I-2SEA, liderado por el operador singapurense Lightstorm. El cable, de 3.600 kilómetros, conectará la costa este de India con Singapur y Malasia para 2029. La decisión de Microsoft responde a una realidad estructural: India produce y consume aproximadamente un quinto de los datos del mundo, pero alberga solo el 3% de la capacidad global de centros de datos. La brecha es tan profunda que la inversión en conectividad se vuelve tan crítica como la inversión en cómputo.
Esta nueva geografía de cables submarinos busca evitar los puntos calientes del sudeste asiático, en particular el estrecho de Malaca, y trazar rutas alternativas por los océanos Índico y Pacífico. Desde 2022, se han establecido conexiones que permiten un flujo de datos desde Oriente Medio y la India hacia Australia, esquivando zonas de alta tensión geopolítica. La logística de la inteligencia artificial no solo se define por la capacidad de procesamiento, sino por la seguridad de las rutas que transportan los datos.
Para América Latina, esta dinámica impone una reflexión urgente. La región depende mayoritariamente de cables submarinos que aterrizan en puntos como Boca Ratón (Florida), Fortaleza (Brasil) o Valparaíso (Chile), controlados en gran medida por consorcios internacionales. Si los hyperscalers eligen rutas que priorizan Asia y evitan ciertos estrechos, ¿qué pasa con la conectividad hacia y desde Latinoamérica? El riesgo no es solo de latencia o capacidad, sino de dependencia estratégica: si los grandes actores tecnológicos concentran sus inversiones en corredores que cruzan el Índico y el Pacífico, la región podría quedar rezagada en términos de ancho de banda para IA, un insumo tan crítico como la energía.
Además, la vulnerabilidad física de los cables es real. En enero de 2025, el carguero chino Shunxin 39 presuntamente dañó el cable Trans-Pacific Express frente a la costa de Taiwán, afectando las comunicaciones internacionales de la isla. En diciembre de 2024, el cable de transmisión eléctrica Estlink 2 entre Finlandia y Estonia, junto a cuatro cables de comunicaciones, fue dañado por un buque ruso. Como advierte un estudio del Institute for National Security Strategy de Corea del Sur, estos incidentes no son aleatorios: reflejan un patrón de «operaciones en zona gris», acciones de baja intensidad y negables que apuntan a desestabilizar la infraestructura crítica sin llegar a un conflicto abierto.
La pregunta que deberían hacerse los ejecutivos latinoamericanos no es solo quién fabrica los chips de IA, sino por dónde viajan los datos que alimentan sus modelos. La resiliencia digital de una empresa o de un país depende hoy de la seguridad de un cable de fibra óptica tendido a miles de metros de profundidad, un activo que hasta hace poco pasaba desapercibido pero que ahora es el centro de una nueva geopolítica.
Mientras Microsoft, Meta y Google compiten por asegurar sus propias rutas oceánicas, la alternativa de esperar a que la demanda exista para luego tender la infraestructura, como advierte el propio consorcio I-2SEA, costaría años de latencia estructural. Para América Latina, el momento de pensar en la conectividad submarina como un activo estratégico de la IA no es mañana: es ahora.