Opinión Donación de esperma sin límites: el derecho a conocer los orígenes genéticos no puede esperar
Mientras donantes generan centenares de hijos, la tecnología de ADN hace el anonimato inviable. Es hora de regular globalmente.
La industria de la fertilidad ha construido su modelo de negocio sobre una premisa cada vez más insostenible: que el anonimato del donante puede mantenerse para siempre. Lo que alguna vez fue una promesa de privacidad para quienes donaban esperma se ha convertido en una pesadilla ética para las personas concebidas a través de estos procedimientos. Casos como el de Ties van der Meer, un neerlandés de 47 años que descubrió que el médico que trató a sus padres destruyó los registros de los donantes cuando su país prohibió la donación anónima, son solo la punta del iceberg. La tecnología ha corrido más rápido que la legislación, y hoy cualquier persona con acceso a pruebas de ADN comerciales como Ancestry o 23andMe puede localizar a sus hermanos genéticos, e incluso a su propio padre biológico, sin importar las normas locales.
El problema se agrava cuando se mira el número de descendientes que puede generar un solo donante. El caso extremo de Jonathan Meijer, un holandés que donó esperma sin control durante años y hoy tiene entre 550 y 600 hijos repartidos por todo el mundo, ilustra una realidad escalofriante. Pero no es una excepción: hay relatos de personas que han encontrado decenas de medios hermanos y que confiesan sentirse “producidas en serie”. En un mundo donde el esperma puede congelarse y utilizarse décadas después, el resultado es una red de vínculos genéticos desordenada, con hermanos de edades muy diferentes y dispersos en múltiples países. Quienes defienden el modelo actual suelen argumentar que el anonimato protege la privacidad del donante y asegura un suministro suficiente de gametos. Sin embargo, esa postura ignora un derecho fundamental: el de toda persona a conocer sus orígenes biológicos. Conocer de dónde viene uno no es un lujo ni un capricho; es parte de la identidad y la salud. La facilidad con la que hoy se pueden rastrear estos lazos a través de pruebas genéticas directas al consumidor ha demostrado que el anonimato es técnicamente imposible de garantizar. Lo que sí es posible es regularlo.
La urgencia de un límite global vinculante
Esta semana, la Sociedad Europea de Fertilidad dio un paso al frente al proponer en Londres un límite internacional al número de hijos por donante. La idea es empezar con una normativa europea, pero la lógica es clara: sin una regla común, los donantes pueden cruzar fronteras y seguir generando descendencia sin control. El problema no es solo ético; también es práctico. Cuando un donante produce cientos de descendientes, se elevan los riesgos de consanguinidad involuntaria entre personas que no saben que comparten el mismo padre biológico. Además, la carga psicológica sobre quienes descubren tener un número descomunal de hermanos es inmensa.
Los países que han prohibido la donación anónima, como el Reino Unido o los Países Bajos, han demostrado que es posible conciliar la donación con la transparencia. Pero el escenario global sigue siendo un mosaico de legislaciones dispares donde las clínicas privadas y los bancos de semen operan con poca supervisión. La propuesta europea debería ser el primer paso hacia un tratado o acuerdo multilateral que fije un tope —por ejemplo, entre 10 y 25 hijos por donante— y que prohíba el anonimato en todos los países, o al menos garantice que los donantes sean identificables cuando el hijo o hija alcance la mayoría de edad.
No se trata de frenar la medicina reproductiva ni de estigmatizar a los donantes, sino de poner al ser humano en el centro. La tecnología nos ha dado herramientas para desvelar la verdad; la regulación debe acompañar ese proceso. Las clínicas de fertilidad y los gobiernos ya no pueden esconderse detrás de la excusa de la privacidad. El derecho a conocer los propios orígenes es un derecho humano, y la industria debe adaptarse, no al revés. Si no se actúa ahora, cada año que pase habrá más personas que, como Ties van der Meer, vivirán con la incógnita de cuántos hermanos tienen realmente y si algún día podrán encontrarlos a todos.