Opinión América Latina impulsa infraestructura propia para no depender de EE.UU. ni China
La disputa por la supremacía en inteligencia artificial obliga a la región a definir su soberanía digital. Ni alineamiento ciego ni pasividad: la apuesta está en infraestructura propia y cooperación regional.
La frase del presidente estadounidense —"quien gane la carrera de la IA, gana"— resume una época. Ya no se trata de una competencia tecnológica al uso, sino del eje sobre el que gira la estrategia geopolítica de las dos mayores economías. Washington quiere decidir quién accede a los modelos más avanzados y usa el control de chips y cómputo como palanca diplomática; Pekín responde apostando por el código abierto y construyendo un ecosistema paralelo que no depende de los términos occidentales.
Para un ejecutivo latinoamericano, la tentación es mirar el duelo desde la barrera. Es un error. La fragmentación que se avecina —bloques con estándares técnicos, éticos y comerciales incompatibles— amenaza con convertir a la región en un mero patio de recreo para modelos ajenos, sin capacidad de auditar, adaptar ni soberanamente decidir qué datos alimentan sus sistemas críticos.
La trampa de la neutralidad pasiva
El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA) dibuja un mapa desigual: Chile, Brasil y Uruguay lideran en infraestructura y gobernanza, mientras el resto arrastra rezagos severos en conectividad y talento. Esa brecha interna es la verdadera vulnerabilidad. Si cada país negocia por separado su acceso a la nube o a los semiconductores, la región pierde poder de negociación frente a proveedores que ya condicionan el suministro a alineamientos políticos.
Europa enseña que la soberanía digital no nace de declaraciones, sino de controlar la capa de infraestructura. Alemania giró su estrategia para dejar de ser solo creadora de modelos y convertirse en proveedora de la plataforma donde operan. Los países del Golfo invierten masivamente en centros de datos propios. Corea del Sur prioriza la eficiencia cultural y de costos sobre el tamaño bruto de los parámetros. Todos comparten una lección: el código abierto democratiza el conocimiento, pero sin cómputo soberano y datos locales curados, la autonomía es ilusoria.
Una agenda ejecutiva para la región
- Infraestructura compartida: Un consorcio regional de centros de datos de alto rendimiento, respaldado por bancos de desarrollo y fondos soberanos, reduciría la dependencia de nubes extraterritoriales y abarataría el entrenamiento de modelos adaptados al español, al portugués y a las lenguas originarias.
- Gobernanza de datos: Establecer marcos comunes de privacidad y portabilidad que permitan entrenar sistemas con datos latinoamericanos sin violar legislaciones nacionales, evitando que el valor generado se fugue a jurisdicciones externas.
- Retención de talento: La fuga de ingenieros hacia hubs extranjeros vacía la capacidad de innovación local. Políticas de visa ágil, incentivos fiscales a I+D y vínculos universitarios-empresariales son inversiones, no gastos.
- Estándares propios: Participar activamente en foros internacionales de normalización (ISO, IEEE, UIT) para que los requisitos éticos y técnicos reflejen realidades sociales distintas a las de Silicon Valley o Zhongguancun.
El costo de la indecisión
Washington ha acelerado, paradójicamente, la descentralización que buscaba frenar con su estrategia de restricciones. Al limitar el acceso a hardware de punta, empujó a China al código abierto y a otras potencias medias a buscar proveedores alternativos. El tablero ya no es binario; es multipolar.
Negarse a elegir no es neutralidad; es rendición. Cada trimestre que pasa sin una hoja de ruta común, la región cede soberanía algorítmica a quienes sí tienen una. La pregunta para los directores no es si la IA transformará sus industrias —ya lo hace—, sino si sus organizaciones operarán sobre cimientos que ellos hayan ayudado a construir o sobre plataformas diseñadas para extraer valor sin rendir cuentas.