El presidente de Estados Unidos lo resumió en una frase: "Quien gane la carrera de la IA, gana". La declaración, captada en video, marca el tono de una nueva etapa en la rivalidad entre las dos mayores economías del mundo, donde la inteligencia artificial dejó de ser un asunto tecnológico para convertirse en el eje de la estrategia geopolítica de Washington y Pekín.
Pero esta carrera no es un duelo a dos bandas. Aunque Estados Unidos y China concentran los mayores volúmenes de modelos y capital privado, la puja está empujando al resto del mundo a definir su propio lugar en el mapa de la IA.
La tesis de este análisis: las restricciones que Washington ha impuesto para frenar a Pekín no están conteniendo la expansión de la IA; la están redirigiendo. La combinación de control de exportaciones, código abierto y búsqueda de autonomía digital está creando un sistema multipolar donde la pregunta ya no es quién gana la carrera, sino quién tendrá soberanía sobre su propia inteligencia artificial.
¿Por qué la supremacía en IA se ha convertido en el eje de la rivalidad?
Washington ha dejado claro que no basta con liderar el desarrollo tecnológico: quiere decidir quién tiene acceso a él. Los modelos de IA más avanzados se están convirtiendo en un instrumento de política exterior para frenar a China e influir en otros países. En esa línea, la Casa Blanca ha promovido que los principales laboratorios den al Gobierno acceso a sus modelos más avanzados treinta días antes de lanzarlos al mercado, para evaluar vulnerabilidades y riesgos de seguridad nacional.
Desde el propio sector llega el llamado a ralentizar el desarrollo. Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, ha planteado en su ensayo la necesidad de desacelerar la IA de manera que impida que China tome la delantera. La respuesta de Donald Trump fue directa: "Estamos por delante de China en inteligencia artificial, somos el país más avanzado del mundo y, francamente, quiero que siga siendo así".
Satya Nadella, jefe de Microsoft, matizó la posición: el desarrollo de la IA "no puede ser controlado por un puñado de entidades". Pero la Casa Blanca parece dispuesta a mantener el control centralizado, usando la capacidad de cómputo y el acceso a chips como llaves de entrada al ecosistema.
China: del código abierto al cuestionamiento de la narrativa
Pekín respondió de inmediato. China ha criticado duramente lo que denominó "narrativas amenazantes" sobre la gobernanza de la IA y advirtió contra "la confrontación y la competencia maliciosa". En la Conferencia Mundial de IA celebrada en julio, Xi Jinping defendió que "todas las partes deberían trabajar juntas para impulsar la IA de una manera abierta, inclusiva, beneficiosa para todos y orientada hacia el bien común".
Lejos de frenarse, la innovación china se ha expandido a pesar de las prohibiciones estadounidenses a la exportación de chips críticos, impulsada por la tecnología de código abierto y el respaldo de Pekín. La estrategia china no depende de competir con los gigantes estadounidenses en sus términos, sino de construir un ecosistema propio donde el conocimiento técnico circula abiertamente.
Hay además un cálculo geopolítico. Los desarrolladores chinos tendrían "razones técnicas" para colaborar con Estados Unidos: la posibilidad de observar cómo se implementan sus modelos fuera del país y detectar vulnerabilidades. La colaboración, en ese sentido, no es altruismo: es una forma de inteligencia competitiva.
Para Chasen Nevett, director gerente de la firma Forani Investments, lo que está en juego es enorme: "Si China logra establecer un liderazgo duradero en inteligencia artificial de vanguardia, esto no se verá en Washington como una derrota en la carrera tecnológica". Como en la Guerra Fría, la percepción importa tanto como el resultado.
Tecnologías críticas: chips, modelos y la batalla por el cómputo soberano
La disputa se juega en varias capas superpuestas. En la base, los semiconductores avanzados, sobre los que han caído las restricciones de exportación. En el centro, los modelos fundacionales: los grandes sistemas de IA que sirven de base para cientos de aplicaciones. Y en la superficie, la capacidad de cómputo soberano, que se ha vuelto un activo estratégico comparable a las reservas de energía.
Estados Unidos trata de controlar las tres capas combinando restricciones a la exportación, políticas de acceso anticipado a modelos y acuerdos con aliados. China responde con un impulso a la innovación abierta y con inversiones en infraestructura propia. La geopatricación de la tecnología, el fenómeno por el cual la geopolítica empuja a los países a repatriar sus capacidades tecnológicas, se ha convertido en el motor de esta década.
Implicaciones económicas: la soberanía digital como nueva frontera
Las guerras comerciales y la incertidumbre política del 2026 han puesto sobre la mesa una pregunta incómoda: hasta qué punto es conveniente depender de la IA de dos superpotencias. La respuesta de regiones como Europa, el Golfo y Asia-Pacífico es invertir en autonomía.
Alemania aporta actores clave como Aleph Alpha, que en 2024 dio un giro estratégico: dejó de ser solo un desarrollador de modelos de lenguaje (los conocidos LLM, del inglés large language models) para convertirse en un proveedor de infraestructura. El caso refleja una tendencia: la IA soberana no se trata únicamente de crear modelos propios, sino de controlar la plataforma sobre la que operan.
Los países del Consejo de Cooperación del Golfo aceleran inversiones en infraestructura de IA y centros de datos, con énfasis en capacidad de cómputo soberana y acuerdos de suministro tecnológico. En Asia-Pacífico, la creación de una IA vertical, donde la relevancia cultural y la eficiencia de costos pesan más que el tamaño de los parámetros, marca una alternativa al enfoque estadounidense. Corea del Sur, a través de Naver, está a la cabeza en este modelo.
Este auge fuera de las superpotencias no sería posible sin el código abierto, que se ha convertido en el gran democratizador del conocimiento técnico. El open source no solo reduce los costos de entrada, sino que permite que la IA soberana sea auditable y cumpla estándares de privacidad y ética.
En América Latina, las brechas son significativas. Según el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA), países como Chile, Brasil y Uruguay lideran la infraestructura y gobernanza en la región, mientras que otras naciones enfrentan rezagos importantes en conectividad y capacidades técnicas.
Regulación y gobernanza: el riesgo de una IA dividida en bloques
La tensión entre control y apertura define la agenda regulatoria. Estados Unidos promueve una gobernanza centrada en la seguridad nacional, con acceso anticipado a los modelos más avanzados. China insiste en que la gobernanza debe ser abierta e inclusiva, y rechaza lo que considera intentos de contener su desarrollo.
Entre ambos polos, otros actores buscan posicionarse. Europa apuesta por la regulación y la eficiencia; el Medio Oriente, por la infraestructura impulsada por su riqueza energética; y América Latina intenta no quedar rezagada en la definición de estándares.
El riesgo es terminar con un mundo fragmentado en ecosistemas incompatibles, donde cada bloque imponga sus propias reglas técnicas, éticas y comerciales. La colaboración entre Estados Unidos y China, aunque importante para la estabilidad global, se ve cada vez más condicionada por la desconfianza mutua.
¿Hacia un mundo con dos inteligencias artificiales?
Los datos disponibles sugieren que el futuro no se resolverá con un ganador único. El mundo parece dirigirse hacia un sistema multipolar de IA, con Estados Unidos y China sosteniendo el liderazgo en volumen de modelos y capital privado, Europa especializada en regulación y eficiencia, y el Medio Oriente consolidándose como polo de infraestructura energética y de cómputo.
Lo paradójico de la estrategia estadounidense es que sus propias restricciones están acelerando la descentralización que buscaban evitar. Al limitar el acceso a chips y modelos avanzados, Washington empujó a Pekín a apoyarse en el código abierto y a otras regiones a buscar proveedores alternativos. La supremacía en IA ya no es una carrera de dos: es un tablero en el que cada país decidirá qué está dispuesto a ceder y qué prefiere construir por su cuenta.