Las empresas brasileñas dejaron de evaluar la inteligencia artificial y empezaron a comprometer presupuestos concretos. Un estudio de GFT Technologies, el informe Tech Trends 2026 LATAM, revela que esperan un retorno de inversión de 15 % con agentes autónomos para 2028, lo que equivale a 24,8 millones de dólares. La cifra es modesta si se compara con mercados maduros, pero dice algo importante: el ecosistema empresarial de la región cruzó una frontera que durante años pareció lejana. Ya no se pregunta si la IA agéntica funciona, sino cómo implementarla sin perder el control.
Un cambio estructural que exige madurez
Cuando se habla de agentes autónomos no se habla de chatbots mejorados. Estas herramientas ejecutan flujos completos: atienden clientes, tramitan procesos administrativos, escriben código e incluso toman decisiones operativas con supervisión limitada. El propio informe señala que entornos como Coder ya permiten la gobernanza y la ejecución segura de tareas complejas por parte de agentes de desarrollo. Eso significa que el cambio no es cosmético: es estructural en la forma en que se llevan a cabo las operaciones digitales de una compañía.
Pero el salto tecnológico viene acompañado de una verdad incómoda. Entre las empresas brasileñas que ya experimentan o utilizan IA agéntica, todas relataron al menos un desafío. Ninguna dijo que fuera sencillo. La razón es que un agente autónomo no se limita a ejecutar una instrucción: necesita acceso a sistemas internos, datos confiables y límites claros para actuar en nombre de la organización. Sin eso, la eficiencia prometida se convierte en un riesgo operativo de primera magnitud.
Gobernanza: el talón de Aquiles latinoamericano
La gobernanza obliga a definir hasta dónde puede llegar un agente. ¿Qué decisiones puede tomar sin intervención humana? ¿Qué datos puede tocar? ¿Quién responde si se equivoca? En Estados Unidos o Europa, estas preguntas se responden en un marco regulatorio cada vez más explícito. En América Latina, la regulación de IA todavía está en construcción en la mayoría de los países. Ese vacío no es neutral: las empresas que adopten agentes autónomos antes de que existan reglas claras estarán definiendo, de facto, los estándares que luego todos deberán seguir.
Hay aquí una lectura estratégica para los directivos de la región. La adopción de open source, también destacada en el informe, tiene un valor que va más allá del ahorro inmediato. En mercados con presión cambiaria y restricciones de capital, el código abierto reduce la dependencia de proveedores externos, abarata la experimentación y permite entrenar modelos con datos locales. Es decir, convierte la inteligencia artificial en una herramienta que la empresa controla, no en un servicio que alquila. Para un ejecutivo latinoamericano, esto significa una cosa concreta: la ventaja competitiva no dependerá de qué tan caro sea el modelo que se importa, sino de qué tan bien se sepa aprovechar el talento local y los datos propios.
Autenticidad y confianza: la otra cara de la moneda
El informe también destaca el watermarking con IA, una técnica que incorpora firmas invisibles en contenido sintético para garantizar su autenticidad. La iniciativa, estandarizada por la Coalición para la Procedencia y Autenticidad de Contenidos, apunta a un problema que muchas empresas aún no dimensionan: en un mundo donde un agente autónomo puede generar textos, imágenes y datos sintéticos, ¿cómo distinguir lo que es real de lo que no lo es? La confianza digital deja de ser un concepto abstracto y se convierte en un requisito operativo.
Esta no es una preocupación menor para Brasil ni para sus vecinos. Si los agentes autónomos van a manejar interacciones con clientes, transacciones o procesos internos sensibles, la trazabilidad de lo que producen es tan importante como su eficiencia. Una empresa que no puede demostrar el origen de un contenido o de una decisión automatizada queda expuesta a fraudes, errores reputacionales y responsabilidades legales que aún no están del todo definidas.
De la oportunidad a la responsabilidad
La ventana de oportunidad está abierta, pero no para todos. El estudio de GFT Technologies lo dice con claridad: la ventaja competitiva pertenecerá a quienes actúen ahora. Sin embargo, actuar ahora no significa correr sin mapa. Significa invertir en integración, capacitar equipos, diseñar controles y, sobre todo, entender que la inteligencia artificial agéntica no es un producto que se instala: es un cambio organizacional que se gobierna.
América Latina tiene en su capital humano un diferenciador que ninguna importación de tecnología puede replicar. Pero también tiene una historia de adoptar innovaciones sin construir las salvaguardas necesarias, y pagar el costo después. La pregunta para cada director en la región no es si sus competidores están usando agentes autónomos. La pregunta es si su empresa sabe exactamente qué hará un agente cuando actúe en su nombre, y quién asumirá la responsabilidad cuando algo salga mal. Quien no tenga esa respuesta, quizá está financiando el retorno de inversión de otro.