Opinión Abegás defiende el gas natural como respaldo firme para los centros de datos en Brasil
Restringir el gas natural en la regulación del Redata elevaría costos y ahuyentaría inversiones en IA. La transición energética no puede sacrificar la competitividad.
El Congreso brasileño aprobó el Régimen Especial de Tributación para Servicios de Datacenter (Redata) con una redacción que abre la puerta al gas natural al hablar de fuentes “renovables o de baja emisión”. Ahora, la regulación complementaria definirá si esa puerta se cierra o se mantiene abierta. El dilema no es menor: lo que se decida impactará directamente la factura energética de los centros de datos, la velocidad de sus proyectos y, en última instancia, la capacidad del país para atraer inversiones multimillonarias en inteligencia artificial y economía digital.
En el debate hay un actor que clama por pragmatismo. La Asociación Brasileña de Empresas Distribuidoras de Gas Canalizado (Abegás) ha defendido que el gas natural se mantenga como opción viable en el abastecimiento de los data centers. Su argumento es simple pero sólido: las fuentes renovables intermitentes —solar y eólica— no pueden garantizar por sí solas la operación ininterrumpida que exige un centro de datos, 24 horas al día, siete días a la semana. Necesitan un respaldo firme y despachable. Y ese respaldo, hoy, tiene nombre: gas natural.
La evidencia internacional respalda esa visión. En Europa, la saturación de las redes eléctricas está frenando proyectos. En España, el 83,4% de los nodos de distribución ya están colapsados, y la asociación Spain DC ha alertado que inversiones por más de 58.000 millones de euros corren riesgo por no poder conectarse a tiempo. En Alemania, operadores como E.ON planean plantas de respaldo de gas porque las conexiones a la red tardan hasta 15 años.
En Estados Unidos, un informe del Open Energy Outlook proyecta que la demanda de centros de datos podría aumentar los costos mayoristas de electricidad en un 8% a nivel nacional y añadir 275 millones de toneladas métricas de CO₂ al año para 2030, equivalente a las emisiones totales de Francia. Y la subasta de capacidad de PJM en diciembre de 2024 vio un aumento nueve veces mayor en los precios, desatando protestas de gobernadores.
El ministro de Minas y Energía de Brasil, Alexandre Silveira, lo dijo con claridad: “Soy un defensor vehemente del gas natural, y creo que él también es un frente”. Silveira señaló que el país ya posee un entorno regulatorio favorable para los grandes centros de datos, pero advirtió que es necesario ampliar la oferta doméstica de gas, incluso explorando la producción de gas no convencional. El ministro también puso sobre la mesa una contradicción incómoda: Brasil importa gas de fracking de Estados Unidos mientras internamente lo evita por restricciones ambientales y judiciales.
Detrás de la postura de la Abegás y del propio ministro hay una lógica de competitividad que los ejecutivos del sector comprenden bien. Restringir el gas natural en la regulación del Redata no eliminaría la necesidad energética de los centros de datos; simplemente desplazaría la solución hacia fuentes más caras y complejas. El resultado sería una arquitectura energética más costosa, plazos de conexión más largos y un Brasil menos atractivo frente a países que ofrecen una canasta energética más flexible.
Por supuesto, nadie discute la urgencia de descarbonizar la economía. Pero la transición energética no puede ser un salto al vacío. Imponer metas ambientales sin considerar la realidad operativa de los data centers —que consumen electricidad de forma constante y no pueden esperar años por una conexión— es condenar al país a perder el tren de la inteligencia artificial. La neutralidad tecnológica y la libertad de elección del emprendedor son principios que la regulación debe preservar.
El gas natural no es el enemigo de la transición; es un puente necesario. Un puente que, bien usado, permite mantener la competitividad sin renunciar al destino final de una matriz cada vez más limpia. Brasil tiene la oportunidad de regular con inteligencia, no con dogmas. Si el Redata se convierte en una trampa burocrática que encarece la energía, los capitales se irán a otro lado. Y entonces, la economía digital que podría haber florecido en São Paulo o Fortaleza buscará su hogar en tierras que entienden el valor de la flexibilidad.