Política Nacional de Data Centers: la ruta urgente a la soberanía digital

Brasil aprueba una política para data centers que promete energía priorizada, incentivos y “embajadas de datos”. Analizamos riesgos, oportunidades y los pasos que los ejecutivos deben tomar ahora.

Política Nacional de Data Centers: la ruta urgente a la soberanía digital

La Cámara de Brasil dio luz verde a la Política Nacional de Data Centers, una hoja de ruta que apunta a consolidar la infraestructura digital del país bajo criterios de eficiencia, seguridad y cumplimiento de la LGPD. El proyecto, impulsado por el diputado David Soares, establece que los centros deberán contar con prioridad de acceso a redes de transmisión eléctrica en regiones con excedente de generación. Esta condición, que evita que los costos de la infraestructura eléctrica se trasladen a la tarifa de los consumidores, crea una ventaja competitiva clara: una conexión rápida que puede transformar la oferta de servicios en la nube, IA y fintech.

Sin embargo, la aprobación parcial dentro de la comisión de Ciencia, Tecnología e Innovación todavía deja varios agravios sin resolver. La propuesta elimina los incentivos tributarios tradicionales, argumentando que la medida anterior, Redata, perdió vigencia. El relator sostiene que la garantía de infraestructura es suficiente, pero la ausencia de beneficios fiscales genera incertidumbre para inversionistas que buscan márgenes claros. En un entorno donde los costos de energía y capital determinan la viabilidad de nuevos centros, la falta de un marco tributario puede frenar la expansión más veloz que la propia política intenta estimular.

Otro punto crítico es el régimen de "Embajadas de Datos", que permitirá alojar información estratégica de gobiernos extranjeros bajo acuerdos de reciprocidad. La normativa exime a esas instalaciones del cumplimiento de la LGPD y de normas de resiliencia cibernética brasileña, manteniéndolas sujetas solo a regulaciones ambientales, urbanísticas y de seguridad contra incendios. La excepción legal abre la puerta a lagunas de protección que podrían comprometer la privacidad de los datos de ciudadanos y empresas locales si la jurisdicción del país de origen colapsa. La práctica internacional muestra que la soberanía digital se protege mejor con marcos de certificación y auditoría independiente, no con exenciones amplias que ponen en riesgo la confianza del mercado.

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La política también declara que datos estratégicos vinculados a defensa, seguridad pública y lucha contra el crimen deben procesarse exclusivamente en territorio nacional o en "embajadas" brasileñas instaladas en el exterior. Esta disposición refuerza la noción de soberanía, pero su efectividad dependerá de la capacidad del Estado para garantizar la resiliencia física y cibernética de los centros. La exención de responsabilidad civil y penal para los operadores, siempre que los contratos impidan el acceso a la información, plantea un riesgo de impunidad: en caso de filtraciones o ataques, la carga recae sobre los usuarios y el Estado, no sobre quienes gestionan la infraestructura.

Para que la iniciativa no quede en una promesa vacía, es indispensable acompañarla con un paquete de incentivos fiscales bien calibrado. Un crédito fiscal por inversión en equipos de bajo consumo energético, o una reducción del IPI para servidores con certificación verde, alinearía la rentabilidad con los objetivos de eficiencia hídrica y energética que la norma menciona. Asimismo, la creación de un fondo estatal para financiar la construcción de líneas de transmisión exclusivas, sin repercutir en la tarifa del consumidor, reforzaría la cadena de valor sin generar resistencia social.

La capacitación del talento también es un factor limitante. El déficit de profesionales especializados en arquitectura de data centers, gestión de energía y ciberseguridad sigue siendo elevado en América Latina. Programas de formación dual, apoyados por universidades y empresas, podrían cerrar esa brecha y acelerar la adopción de buenas prácticas. Un esquema de certificación nacional, supervisado por una entidad independiente, serviría como sello de calidad para clientes que exijan cumplimiento de normas internacionales de protección de datos.

Por último, la supervisión independiente debe equilibrar la libertad de innovar con la defensa de la infraestructura crítica. Un organismo autónomo con representación de reguladores, academia y sector privado podría monitorear el cumplimiento de los principios de transparencia socioambiental y seguridad. Su rol sería evaluar auditorías de energía, revisar los contratos de exención de responsabilidad y asegurar que las "embajadas" no se conviertan en refugios legales para actividades ilícitas.

Para los ejecutivos latinoamericanos, la lección es clara: la política brasileña muestra cómo un marco legislativo puede alinear intereses de seguridad nacional y competitividad del mercado, pero solo si se complementa con incentivos concretos, inversión en capital humano y una supervisión robusta. Ignorar estos componentes podría traducirse en costos ocultos, pérdida de reputación y exposición a riesgos regulatorios. En cambio, participar activamente en la definición de normas y aprovechar los incentivos podría posicionar a sus empresas como líderes en un ecosistema digital cada vez más descentralizado y regulado.

La pregunta que queda es si los gobiernos de la región están dispuestos a seguir el mismo paso y diseñar políticas que no solo atraigan inversiones, sino que también garanticen una soberanía digital real, sin crear vacíos legales que comprometan la privacidad ni la resiliencia operativa.

Elvyn Peguero

Escrito por

Elvyn Peguero

Consultor digital e IA

Consultor de transformación digital e inteligencia artificial con más de 15 años navegando la intersección entre tecnología, gobierno y empresa. Arquitectó el Framework Normativo TIC del Estado Dominicano y ha liderado proyectos de IA aplicada en sectores públicos y privados desde Bewos AI Consulting. Editor para República Dominicana en ITNOW durante seis años, donde desarrolló un ojo clínico para explicar tecnología compleja en lenguaje que cualquier ejecutivo puede entender.

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