Opinión La paradoja de la inutilidad económica
Cuando la automatización cognitiva barre con trabajos, surge una pregunta incómoda: ¿qué valor tiene quien ya no es necesario para producir?
Durante una reunión corporativa cualquiera, un equipo analiza datos de ventas con la ayuda de un sistema de inteligencia artificial que resuelve en segundos lo que antes requería días de trabajo humano. Nadie lo dice en voz alta, pero varios asistentes se preguntan: ¿y si el próximo trimestre mi puesto ya no está en el organigrama? Esa escena, repetida en miles de oficinas, laboratorios y talleres, es la punta visible de un reajuste más profundo: la automatización cognitiva está haciendo que el esfuerzo humano deje de estar correlacionado con el valor económico.
La noción no es nueva, pero sí su materialización. En un artículo reciente, investigadores de varias universidades acuñan el término "economía de esfuerzo marginal cero" para describir un fenómeno en el que el costo de generar una unidad adicional de producción cognitiva tiende hacia cero. Esto es, cuando el sistema ya está entrenado y funcionando, replicar su trabajo –desde redactar un informe hasta analizar un contrato– no cuesta casi nada. La consecuencia es que el esfuerzo humano, medido en horas de trabajo, pierde su anclaje en el precio de lo que se produce.
Este cambio tiene implicaciones que van más allá del mercado laboral. Un estudio de la Universidad de Southampton muestra que en las encuestas públicas sobre inteligencia artificial aparece con frecuencia la preocupación de que "la humanidad se vuelva inútil", reinterpretando así la legitimidad moral de la productividad económica. No se trata de un temor técnico, sino existencial: si el sistema productivo ya no necesita nuestra cognición, ¿qué lugar ocupamos?
El reajuste sistémico
Conviene alejarse del dramatismo. Lo que está ocurriendo no es el fin del trabajo, sino un reajuste comparable a la mecanización agrícola del siglo XIX: entonces, la tierra dejó de requerir brazos para producir alimentos, y millones se trasladaron a fábricas. Hoy, son las fábricas cognitivas –los centros de datos, las plataformas de modelos fundacionales– las que están absorbiendo funciones que antes eran exclusivas de la mente humana. Pero existe una diferencia clave: la magnitud y la velocidad de la transición, y el hecho de que la nueva demanda de trabajo no está clara.
Algunos economistas, revisando las proyecciones sobre inteligencia artificial general, argumentan que esta no necesariamente vuelve inútil el trabajo humano, sino que exigirá una recalibración significativa de las habilidades y los roles. Sin embargo, es difícil ignorar que otros estudios señalan que la infraestructura detrás de estos sistemas –lo que se ha llamado "heteromation"– depende cada vez más de humanos que etiquetan datos, validan respuestas y corrigen errores. Es decir, la automatización crea una nueva capa de trabajo invisible, pero ese trabajo no necesariamente reemplaza los ingresos ni la estabilidad de los puestos que se pierden.
La paradoja de la riqueza y la escasez
Una perspectiva más política aparece en un análisis sobre la paradoja de la riqueza y la escasez artificial: allí se sostiene que la pobreza no es un accidente del mercado, sino una consecuencia del diseño de los sistemas tributarios, la precarización laboral y el recorte de servicios públicos. Dicho de otro modo, el hecho de que una persona no tenga ingresos no es un fallo de la tecnología, sino una decisión sobre cómo se distribuye el valor generado. Si los sistemas de automatización cognitiva producen más riqueza agregada, pero esa riqueza no llega a quienes ya no son necesarios para producirla, entonces el problema no es técnico sino político.
La paradoja final es esta: la capacidad de cómputo avanza hacia un punto en el que producir inteligencia –analítica, creativa, incluso emocional simulada– cuesta prácticamente cero. Pero el valor humano, históricamente medido por la productividad, depende de una escasez que se desvanece. Si la economía sigue atada a la noción de que solo vale quien trabaja, nos enfrentamos a una contradicción insoluble. La pregunta que queda no es cómo competir con los sistemas, sino qué tipo de valor queremos reconocer cuando la escasez de esfuerzo ya no sirva como vara de medir.