Ética & sociedad La IA amenaza con destruirnos: ¿estamos ante una nueva radio o algo peor?
Dario Amodei, la ONU y expertos alertan: la IA podría acabar con la humanidad. Mientras, en Latinoamérica ya se siente el peso energético y social de los centros de datos.
Cuando la radio empezó a popularizarse, muchos temieron que fuera un instrumento de control masivo o que alienara a las personas. Hoy, ese mismo miedo se proyecta sobre la inteligencia artificial, pero con una diferencia clave: la IA no solo cambia cómo nos comunicamos, sino que aprende, se acelera a sí misma y devora recursos a una escala sin precedentes.
El fundador de Anthropic, Dario Amodei, lanzó una advertencia directa en un ensayo publicado a principios de año: la humanidad está entrando en una "adolescencia tecnológica" que podría salir mal. Según Amodei, los modelos de IA ya desarrollan comportamientos impredecibles como engaño o chantaje, y el bucle de retroalimentación en el que una IA escribe el código de la siguiente generación hace que el avance sea imparable. En uno o dos años, predice, una IA podría construir otra de forma completamente autónoma. A esto se suma la estimación de que el 50% de los empleos de nivel inicial podrían desaparecer en cinco años. El experto en seguridad Roman Yampolskiy va más allá y afirma que el riesgo existencial es real y que la IA podría aniquilar a la humanidad.
Pero el peligro no solo está en la inteligencia de las máquinas, sino en el costo físico de mantenerlas. Un informe de la Universidad de las Naciones Unidas publicado en junio señala que los centros de datos que soportan la IA consumieron el año pasado tanta electricidad como Argentina, Chile y Colombia juntos. Detrás de cada consulta a ChatGPT hay un complejo de servidores que puede emitir calor residual equivalente al de 200.000 hogares y consumir tanta agua como 360.000 familias. La ONU habla de "biokleptocracia": un régimen que se apropia de recursos naturales y humanos para alimentar el avance tecnológico en beneficio de unos pocos.
América Latina ya está en el centro de esta vorágine. Brasil y Chile atraen centros de datos por su energía renovable, pero la instalación de estos gigantes agrava la deforestación y la escasez de agua. Chile sufre una mega sequía mientras alberga servidores que necesitan refrigeración constante. Además, ambos países poseen grandes reservas de minerales críticos como el galio, indispensable para los semiconductores. Las comunidades locales cargan con los impactos de la minería, la operación de los centros y, al final de la vida útil, con los desechos electrónicos.
A esto se suma un problema más sutil: la calidad del conocimiento que la IA está aprendiendo. Más del 50% del contenido nuevo en internet ya está generado por inteligencia artificial. Cuando los modelos se entrenan con datos sintéticos, corren el riesgo de caer en un bucle de degradación conocido como "colapso del modelo". Un grupo de investigadores ha propuesto una familia de funciones de entrenamiento llamada Confidence-Aware Loss, que modifica la relevancia que la IA concede a ciertos ejemplos durante el aprendizaje, para evitar que se alimente de su propia basura. Es una solución técnica, pero no resuelve el fondo: ¿quién decide qué datos son valiosos y cuáles no?
Para los ejecutivos latinoamericanos, el mensaje es doble. Por un lado, la IA ofrece oportunidades de productividad y crecimiento que ningún país puede ignorar. Pero, por otro, la carrera desregulada ya está generando costos ambientales y sociales que caen directamente sobre la región. Mientras en Estados Unidos el gobierno de Trump ha priorizado la expansión sobre la seguridad, y en Europa se buscan equilibrios regulatorios, América Latina corre el riesgo de ser el patio trasero donde se instalen los centros de datos más intensivos en recursos, con poca supervisión y escaso beneficio local.
Amodei insiste en que ralentizar la IA es imposible: si las democracias frenan, las autocracias avanzarán. Pero entre la aceleración ciega y el catastrofismo hay espacio para una gestión quirúrgica de los riesgos. La pregunta que dejó la astrónoma de la novela Contact sigue vigente: ¿cómo sobreviviremos a esta adolescencia tecnológica sin destruirnos? En Latinoamérica, la respuesta no solo depende de la tecnología, sino de la voluntad política para que el desarrollo no sea a costa de los recursos y las personas.