Cuando se habla de soberanía tecnológica, normalmente se piensa en fabricar chips o en desarrollar modelos de lenguaje propios. Armenia, un país de menos de 3 millones de habitantes y un PIB de 25.790 millones de dólares, está demostrando que hay otro camino: apostar por la soberanía en cómputo. En lugar de intentar competir con Taiwán en la fabricación de semiconductores, el gobierno armenio, en alianza con la empresa estadounidense Firebird AI y NVIDIA, está construyendo uno de los clústeres de GPU más grandes del mundo en la ciudad de Hrazdan.
El proyecto, que en su fase inicial de 500 millones de dólares ya contempla más de 6.000 GPU Blackwell, se ha ampliado a una inversión total de 4.000 millones de dólares. La meta es instalar 50.000 GPU avanzadas, lo que situaría a Armenia entre los cinco países con mayor capacidad de cómputo para inteligencia artificial del planeta, junto a Estados Unidos, China, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos.
No es fabricación de chips, es acceso al cómputo como infraestructura
Es importante ser precisos: Armenia no está fabricando chips para NVIDIA. Los Blackwell se siguen produciendo en las plantas de TSMC. Lo que el país está haciendo es convertirse en un hub regional de cómputo de IA. La decisión de instalar físicamente la infraestructura en territorio armenio, respaldada por licencias de exportación de la Oficina de Industria y Seguridad (BIS) de Estados Unidos, es un movimiento que combina desarrollo económico con una señal geopolítica clara.
Para entenderlo, hay que mirar el contexto: tras la guerra de Nagorno Karabaj y la pasividad de Rusia, Armenia suspendió su membresía en la OTSC, ratificó el Estatuto de Roma de la CPI, que implica una orden de arresto contra Vladimir Putin en su territorio, y avanzó en su proceso de adhesión a la Unión Europea. La alianza con Firebird AI y NVIDIA es, como lo analiza el paper académico del investigador Aren Mkhitaryan, un "dispositivo de compromiso" con Occidente.
¿Qué significa esto para una empresa latinoamericana?
Esta historia no es una curiosidad lejana. Para un CEO o CTO en América Latina, el caso armenio plantea preguntas incómodas pero necesarias: ¿dónde se está entrenando y ejecutando la inteligencia artificial que usa tu empresa? ¿Dependes completamente de infraestructura en Estados Unidos, Europa o Asia? ¿Qué pasa si las reglas de acceso cambian?
La fragmentación de la economía digital es un hecho. Como advierten Bhaskar Chakravorti y sus colegas en un reciente artículo de Harvard Business Review, la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China, sumada a los efectos desiguales de la inteligencia artificial, está reconfigurando los mercados. En ese contexto, tener capacidad de cómputo soberana, o al menos tener opciones geográficamente diversas, empieza a ser un activo estratégico, no un lujo.
Armenia planea destinar entre un 10% y un 20% de la capacidad del centro a empresas e investigadores locales. El otro 80% se venderá a compañías internacionales, generando ingresos en divisas y posicionando al país como un nodo global de inferencia de IA. Es un modelo que recuerda al de Irlanda con los servicios en la nube, pero con una regulación y una matriz energética muy distintas.
Los riesgos que América Latina debería evaluar
El paper académico menciona un riesgo que resuena especialmente en la región: el de la capacidad de absorción doméstica. Armenia tiene un sector tecnológico que ya aporta más del 7% de su PIB y cuenta con empresas como Krisp o Synthflow AI, pero el estudio estima que el impacto permanente en el crecimiento del PIB podría ser de solo 0,4 a 0,6 puntos porcentuales una vez terminada la fase de construcción, a menos que el ecosistema local esté preparado para aprovechar la infraestructura.
Para un país latinoamericano, la lección es clara: no basta con conseguir las GPU. Hay que tener el talento, la energía y el marco regulatorio para usarlas. Armenia, con una red eléctrica que ronda 1 GW de demanda, ya enfrenta preguntas sobre cómo alimentar un centro que consumirá más de 2.000 GWh al año en su fase final.
Además, está el componente geopolítico. La dependencia de licencias de exportación estadounidenses es un arma de doble filo. Como señala el análisis, el historial de Armenia como reexportador de chips a Rusia (las importaciones de semiconductores desde EE.UU. crecieron un 515% en 2022, con un 97% reexportado a Rusia) hizo necesaria una señal creíble de alineamiento. Cualquier país latinoamericano que busque una alianza similar debe entender que el acceso a la infraestructura de cómputo más avanzada viene con condiciones.
Lo que viene: una ventana de 24 a 36 meses
Los investigadores que han estudiado el proyecto armenio concluyen que la ventana de ejecución para consolidar esta estrategia es estrecha: entre 24 y 36 meses. El tiempo para construir la gobernanza digital, firmar los contratos de arrendamiento de capacidad y formar el talento necesario se está cerrando.
Mientras tanto, en América Latina, la conversación sobre soberanía tecnológica suele quedarse en la retórica. El caso de Armenia muestra que un país pequeño, con recursos limitados pero con una visión clara y aliados estratégicos, puede saltar varias casillas en el tablero global de la inteligencia artificial. La pregunta para los líderes de la región no es si pueden hacerlo, sino si están dispuestos a pagar el precio político y económico que implica.