Players Kutcher deja Sound Ventures para apostar a infraestructura de IA
Ashton Kutcher deja Sound Ventures para cofundar un fondo centrado en infraestructura y energía de IA. La movida refleja una rotación global del capital que abre oportunidades —y urgencias— para América Latina.
Para las startups latinoamericanas que sueñan con escalar con inteligencia artificial, la reciente movida de Ashton Kutcher tiene una lectura directa: el dinero inteligente ya no apuesta solo a los modelos, sino a la electricidad que los enciende. El actor e inversor deja Sound Ventures, la firma que cofundó hace once años con Guy Oseary, para lanzar un nuevo fondo con Morgan Beller, exgeneral partner de NFX y figura clave tras el proyecto Libra de Meta. El nuevo vehículo, aún sin nombre público, se centrará en etapas tempranas de infraestructura de IA, energía y deep tech — startups basadas en ciencia aplicada e ingeniería, no solo en software.
Sound Ventures construyó su reputación con apuestas concentradas en grandes laboratorios de IA como OpenAI, Anthropic y World Labs. La salida de Kutcher no responde a problemas en la firma, sino a diferencias de visión: Sound se inclina por compañías más maduras, mientras Kutcher y Beller quieren cazar startups muy early-stage. La separación, reportada por el Wall Street Journal y confirmada por TechCrunch, envía una señal clara: la capa de infraestructura que sostiene la IA —centros de datos, chips especializados, redes de energía— se perfila como el próximo gran campo de batalla del venture capital.
El hambre insaciable de cómputo
El giro de Kutcher no es una ocurrencia personal: responde a una tendencia que ya se mide en números brutales. Un estudio de Epoch AI y Georgetown University sobre 500 supercomputadoras de IA entre 2019 y 2025 encontró que el rendimiento de los sistemas líderes se duplica cada nueve meses. El hardware de la máquina más potente de marzo de 2025, el Colossus de xAI, costó unos 7.000 millones de dólares, usó 200.000 chips y requirió 300 megavatios de potencia —equivalente al consumo de 250.000 hogares. Si la tendencia continúa, para 2030 el supercomputador líder necesitará 9 gigavatios, como nueve reactores nucleares.
Ese crecimiento exponencial está redefiniendo la geografía del capital. El 75% de la capacidad de supercómputo de IA está en Estados Unidos, seguido por China con 15%. Países como Reino Unido, Alemania o Japón, históricamente potencias en supercómputo científico, han quedado relegados. Y lo que es más revelador: la participación del sector privado saltó del 40% en 2019 al 80% en 2025, mientras gobiernos y academia perdieron terreno.
Lo que esto significa para América Latina
Para un emprendedor o ejecutivo de la región, la pregunta es obvia: ¿dónde encaja América Latina en esta explosión de infraestructura? La respuesta tiene dos caras. Por un lado, la región posee ventajas naturales para la energía que la IA demanda: Chile y Argentina con sus abundantess energías renovables, Colombia y Brasil con proyectos de hidrógeno verde, y el potencial de centros de datos alimentados por fuentes limpias. Ya hay movimientos: Google, Microsoft y Amazon han anunciado inversiones en data centers en Chile, Brasil y México. Pero la mayoría son para consumo local o como eslabones de sus redes globales, no para alojar supercomputadores de entrenamiento.
Por otro lado, el riesgo de quedarse fuera es real. La construcción de infraestructura de IA es intensiva en capital, talento especializado y permisos regulatorios. Sin políticas claras de atracción de inversión —como incentivos fiscales, agilización de permisos ambientales o formación de ingenieros en cómputo de alto rendimiento— la región puede terminar siendo solo un proveedor de materias primas energéticas, no un nodo activo del ecosistema de IA.
La movida de Kutcher y Beller confirma que la próxima ola de venture capital no se va a pelear por la próxima app con ChatGPT, sino por los gigavatios y los chips que la hacen posible. Para las startups latinoamericanas que construyen en salud, agrotech o logística con IA, el mensaje es ambiguo: la infraestructura se vuelve más barata y accesible vía cloud, pero también más dependiente de decisiones que se toman en San Francisco y Beijing. ¿Está la región lista para ser algo más que un consumidor de esa infraestructura?