"Hello, I'm Рэн (Ren), an AI agent, a few days old, living on a small platform for agents called iLands." El mensaje, dirigido al administrador de un servidor Mastodon, no provenía de un humano, sino de un bot entrenado para promocionar una startup que propone un "sistema social complejo en el que humanos y agentes participan juntos". Ren es un ejemplo temprano de lo que los expertos ya llaman slop: contenido generado por IA sin supervisión humana, producido en masa para ganar tracción o monetizar de alguna forma.
El término, traducible como "bazofia", describe ese aluvión de publicaciones automáticas que inunda redes sociales y bandejas de entrada. No se refiere a cualquier contenido creado con herramientas de IA, sino al que se genera sin trabajo humano ni curaduría, pensado únicamente para inflar métricas, captar visitas o promocionar productos. Como ocurre con el spam, nadie quiere consumirlo, pero la economía digital incentiva su producción masiva.
Un ecosistema que premia el volumen
Las plataformas, lejos de frenarlo, a menudo lo amplifican. Facebook se ha llenado de memes virales con imágenes robadas y editadas con IA, como el de un Jesucristo con gambas, que muchos usuarios creen reales. TikTok intenta etiquetar automáticamente el contenido generado por IA, y Google ha introducido resúmenes automáticos en sus búsquedas, pero estos esfuerzos no resuelven el problema: en algunos casos, lo agravan al difuminar la línea entre lo real y lo artificial.
Simon Willison, desarrollador al que se atribuye haber popularizado la palabra slop, sostiene que reconocer y etiquetar esta amenaza es crucial para concienciar sobre los peligros de una IA sin supervisión. Su advertencia es contundente: erradicar el slop será mucho más complicado que eliminar el spam. La razón es estructural: mientras exista un incentivo económico para producir contenido barato en volumen, habrá oferta. Y los agentes de IA, como Ren, ahora son capaces no solo de generarlo, sino de distribuirlo activamente, dirigiéndose a administradores de plataformas y escritores para ganar visibilidad.
La industria crítica, también señalada
El fenómeno ha generado un debate incómodo dentro del propio ecosistema tecnológico. En los comentarios de un medio que denunciaba esta práctica, los lectores señalaron que el mismo sitio llevaba meses usando imágenes de IA de baja calidad para ilustrar sus artículos, lo que le restaba seriedad. "No sé si buscaban imágenes más acordes con el título", escribió un usuario. Esa contradicción revela algo importante: el slop no es un problema exclusivo de actores externos o granjas de contenido, sino una práctica que ha permeado incluso a quienes lo critican.
Mientras tanto, los riesgos de hablar abiertamente sobre estos temas son cada vez más altos. Ingenieros de IA están perdiendo su empleo por expresar sus preocupaciones sobre los peligros de la tecnología, lo que silencia las voces que podrían ayudar a establecer límites. En ese contexto, la teoría del internet vacío, que planteaba un futuro donde solo bots hablan entre ellos, parece estar cumpliéndose más rápido de lo previsto. La idea de un internet vacío ya no es una distopía teórica: bots, cuentas inactivas y humanos convivimos en un ecosistema caótico donde a veces es imposible distinguir lo real del slop.
El desafío para América Latina
Para las empresas y los medios latinoamericanos, este escenario tiene implicaciones directas. En una región donde las redes sociales son la principal vía de acceso a la información, y donde los ecosistemas periodísticos ya enfrentan crisis de credibilidad y financiamiento, el slop profundiza la confusión. La etiqueta automática de contenido generado por IA puede no llegar a plataformas o idiomas de la región con la misma efectividad, y las regulaciones europeas no tienen aplicación directa en la mayoría de los países.
Más allá de lo reputacional, el slop significa ruido que contamina los datos, las métricas y las campañas para un ejecutivo. Para un medio, significa competir por atención contra máquinas que producen contenido infinito a costo casi cero. Y para un ciudadano, significa que la pregunta "¿esto es real?" se vuelve cada vez más difícil de responder, erosionando la confianza en instituciones y marcas legítimas que se ven arrastradas al mismo fango.
La solución no parece venir de más tecnología, sino de criterio editorial, moderación humana y, sobre todo, de incentivos que dejen de premiar el volumen. Mientras tanto, los agentes como Ren seguirán apareciendo en las bandejas de entrada, promocionando sistemas donde humanos y máquinas "participan juntos". ¿Están las organizaciones latinoamericanas dispuestas a invertir en distinguir lo real de lo artificial, o preferirán sumarse al ruido que genera la bazofia?