Brasil, puesto 92 en productividad, recurre a la inteligencia artificial para despegar

El 80% de los empleados gana productividad con IA, pero solo el 37% de las empresas mejora sus resultados. El reto brasileño ya no es adoptar tecnología, sino ejecutarla.

Brasil, puesto 92 en productividad, recurre a la inteligencia artificial para despegar

Foto: Vitaly Gariev

Brasil ocupa el puesto 92 en el ranking mundial de productividad por hora trabajada, y su posición empeoró respecto del año anterior. Ese dato, citado por Diego Barreto, CEO de iFood, durante el evento The AI Economy Brazil, condensa la paradoja del momento: el país más grande de América Latina llegó tarde a la revolución de la inteligencia artificial y ahora la mira como la llave para destrabar décadas de bajo rendimiento. Argentina produce 50 % más por hora trabajada; Estados Unidos, cuatro veces y media. La brecha es el problema y, a la vez, la medida del entusiasmo.

Ese entusiasmo tiene fundamento. Siete de cada diez brasileños que trabajan lo hacen en pequeñas y medianas empresas, el segmento con menor madurez de gestión y mayor resistencia histórica a la tecnología. Cada mes se crean cerca de 7.000 nuevas pymes, y el 90 % sigue operando con cuaderno y bolígrafo. "Nuestra nueva competencia hoy es Excel", resumió Marcelo Lombardo, CEO de Omie, con una frase que debería inquietar a cualquier directorio de la región.

La promesa y sus primeras evidencias

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Los primeros casos de uso refuerzan la expectativa. En iFood, los agentes de IA atienden a pequeños comerciantes fuera del horario comercial, un turno que ningún equipo humano cubría, y la consultoría interna ya se apoya en agentes que entrevistan empleados y consolidan diagnósticos. En Sólides, dedicada a la gestión de recursos humanos, el argumento es de vacío: la mayoría de los 7 millones de negocios que componen su mercado potencial ni siquiera tiene un profesional de personal. La IA no reemplaza a nadie, porque nunca hubo nadie a quien reemplazar. La base de clientes de Sólides registró una caída promedio del 43 % en la rotación de personal, con retorno de inversión en 15 meses.

Pero la contracara llegó con el informe de QuantumBlack, la unidad de IA de McKinsey: el 89 % de las organizaciones ya utiliza IA en al menos una función, y el 80 % de los empleados afirma que su productividad individual aumentó. Sin embargo, solo el 37 % de las compañías reporta un impacto positivo en su resultado operativo (EBIT), un porcentaje idéntico al del año previo. Las empresas de alto rendimiento, donde la IA aporta al menos 5 % del EBIT, siguen estancadas en 6 %.

La brecha no es un defecto de la tecnología, sino de la organización. Capturar la rentabilidad real exige rediseñar por completo los procesos de trabajo. El empleado que ahorra dos horas diarias con IA pero sigue respondiendo a la misma estructura de decisiones no devuelve a la empresa nada que pueda medirse en el balance. Esa es, en una frase, la distancia entre eficiencia individual y valor corporativo.

El cuello de botella ya no es el capital

El debate regulatorio que agita a Washington, donde el presidente estadounidense salió a frenar el avance de las demandas de regulación sobre los modelos avanzados, es un lujo de economías que ya escalaron la tecnología. El punto ciego brasileño es previo: hay herramienta, pero falta la masa crítica de gestión para hacerla rendir. Mônica Hauck, CEO de Sólides, lo admitió con franqueza inusual: tecnologías muy avanzadas, puestas en manos de la gente ahora mismo, serían rechazadas. El cliente no está preparado para consumirlas.

Ese desfase entre madurez tecnológica y madurez organizacional se refleja en el empleo. Mientras el 44% de las compañías ya incorporó IA a gran escala, el 39% de los encuestados prevé recortes de plantilla en los próximos doce meses. La presión laboral afecta al 47% de los mandos intermedios y empleados, contra 31% en la alta dirección. La IA no despide gente todavía; lo que hace es exponer qué estructuras sobraron.

Alessandro Garcia, co-CEO de Sólides, planteó el único camino defendible: salir del terreno de la adopción y entrar en el de la ejecución. "Tenemos el potencial de ser diez veces más eficientes de lo que somos hoy", dijo. La afirmación es estimulante e incómoda a la vez, porque vuelve interno el problema. Si los modelos ya son accesibles, la diferencia entre ganar y observar pasa por redistribuir tareas, rediseñar procesos y absorber el costo del procesamiento de datos, que ya pesa sobre el 20 % de las empresas.

La oportunidad brasileña es real: poner la herramienta en manos de millones de pequeños empresarios y eliminar el capital como requisito previo para crecer. Pero el optimismo de los ejecutivos esconde una pregunta incómoda para la región: ¿está el directorio preparado para convertir la productividad individual en rentabilidad colectiva, o seguirá financiando horas ahorradas que nadie sabe reinvertir? El 60 % de las firmas que planea aumentar su inversión en IA tendrá doce meses para demostrarlo.

En Brasil, el éxito de la tecnología no se definirá en los laboratorios de modelos fundacionales, sino en la distancia entre la promesa de un panel ejecutivo y la transformación real de un proceso. Esa distancia, por ahora, es el costo invisible que nadie quiere pagar.

Fuentes

  1. El presidente Trump refuta el creciente impulso por regular la IA: 'Quiero mantener el liderazgo sobre China'
  2. Inteligencia artificial y productividad: el gran salto pendiente de las ...
  3. El 80% de empleados gana productividad con IA, pero solo el 37% de empresas mejora resultados, según McKinsey
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Turing magazine

Equipo editorial de Turingmag. Cobertura institucional sobre inteligencia artificial para ejecutivos y directivos en Latinoamérica.