El debate sobre los riesgos existenciales de la inteligencia artificial suele evocar escenarios apocalípticos: una máquina superinteligente que se rebela y decide aniquilar a la humanidad. Pero existe otra vía, menos espectacular y quizás más probable, que ya está ocurriendo en tiempo real. Se trata de la acumulación gradual de fallos sistémicos que, como una rana en agua hirviendo, van socavando la resiliencia de las sociedades hasta un punto de no retorno. Esta distinción, planteada por la investigadora Atoosa Kasirzadeh en un artículo publicado en Philosophical Studies, resulta clave para entender hacia dónde debería dirigirse la gobernanza de la IA, especialmente en regiones como América Latina, donde la fragilidad institucional y la dependencia tecnológica son factores multiplicadores del riesgo.
El enfoque convencional, que Kasirzadeh denomina "riesgo existencial decisivo", se centra en un evento abrupto y catastrófico causado por una inteligencia artificial general o superinteligente. Es el escenario de las películas: un algoritmo todopoderoso que toma el control. Sin embargo, la investigadora de Carnegie Mellon propone una hipótesis alternativa: el "riesgo existencial acumulativo". En este modelo, las amenazas no llegan como un estallido, sino como una serie de perturbaciones pequeñas e interconectadas que, con el tiempo, erosionan la estabilidad de los sistemas económicos, políticos y sociales. Cada ciberataque automatizado, cada decisión opaca de un algoritmo de crédito, cada manipulación informativa a escala —si no se corrigen— va debilitando el tejido colectivo. Cuando un umbral crítico se cruza, un evento menor puede desencadenar un colapso en cascada que ninguna capacidad de reacción puede detener.
Esta tesis encuentra eco en las advertencias que llegan desde Naciones Unidas. El Secretario General declaró ante el Consejo de Seguridad en septiembre de 2025 que "la IA no debe decidir el destino de la humanidad", y subrayó que la tecnología avanza hacia sistemas autónomos con un "impacto profundo" en la seguridad global. Paralelamente, el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) alertó en su anuario de 2025 sobre la falta de consenso para definir siquiera qué es un "arma autónoma letal". Sin definiciones claras y sin controles vinculantes, el riesgo acumulativo sigue creciendo sin que los estados logren ponerse de acuerdo. Ucrania y Gaza ya son campos de prueba donde algoritmos seleccionan blancos o coordinan ataques con una supervisión humana cada vez más diluida.