La proliferación de inteligencia artificial conversacional está abriendo un nuevo frente de desinformación que ya no afecta solo a la política o la salud pública, sino que empieza a filtrarse en las operaciones empresariales. Dos fenómenos que hasta ahora parecían desconectados —los bulos virales en redes sociales y los errores factuales de los chatbots— están convergiendo en un mismo patrón: contenido generado o amplificado por IA que circula sin verificación, con consecuencias directas para la reputación y la toma de decisiones en las organizaciones.
Un estudio reciente de la Universidad de Granada, en colaboración con verificadores de Newtral, identificó un «paquete retórico» que explica por qué ciertos mensajes falsos se viralizan mientras otros pasan inadvertidos. Tras analizar cerca de 290.000 mensajes relacionados con los disturbios de Torre-Pacheco en Murcia, los investigadores encontraron que la combinación de mecanismos psicológicos específicos —como la apelación a la identidad grupal o la simplificación emocional— dispara la propagación de desinformación, incluso cuando el contenido es objetivamente falso. El estudio, publicado en julio de 2026, confirma que la estructura retórica de un mensaje importa tanto o más que su veracidad.
Paralelamente, un reportaje de MIT Technology Review y una columna de la ginecóloga Carmen Mantellini en Caraota Digital advierten sobre otro fenómeno: el uso de asistentes de IA como sustituto de consultas médicas. Mantellini describe casos de adolescentes que llegan a su consulta con ansiedad severa porque ChatGPT les dijo que estaban embarazadas sin haber tenido relaciones sexuales, o porque creen mitos como que el dispositivo intrauterino se sale al entrar al mar, difundidos en TikTok. No existe un test aprobado para diagnosticar perimenopausia, advierte la publicación, pero eso no impide que influencers y chatbots vendan tratamientos sin respaldo científico.