Un dron de 400 dólares, con una cámara y un software del tamaño de una tarjeta de crédito, sobrevuela un campo de batalla ucraniano. El operador, a kilómetros de distancia, identifica un objetivo a medio kilómetro y activa el modo "dispara y olvida". A partir de ese instante, la máquina toma el control: sigue al blanco, ajusta la trayectoria y decide el momento exacto del impacto. No hay joystick, no hay intervención humana. Solo el silbido del motor y, segundos después, la explosión.
Ese dron Shrike, fabricado por la ucraniana SkyFall con un kit de autonomía de la estadounidense Auterion, ya está en manos del ejército ucraniano desde mediados de julio. Las empresas prevén entregar 50.000 unidades en los próximos meses. La guerra se ha convertido en el laboratorio más grande del mundo para armas impulsadas por inteligencia artificial, y lo que se prueba ahí tendrá consecuencias globales.
Pero mientras potencias como Estados Unidos y China compiten por dominar esta tecnología, América Latina observa desde la tribuna, sin participar en la definición de las reglas. Y eso, para una región que suele ser campo de prueba de tecnologías ajenas, debería ser una señal de alerta.
La nueva carrera armamentista
El conflicto en Ucrania ha exhibido un salto cualitativo en el uso militar de la IA. No solo por los drones kamikaze con capacidad de seguimiento autónomo, sino por la velocidad con que se procesan datos de inteligencia para identificar y atacar objetivos. Según el análisis del Centro Superior de Estudios de la Defensa español, antes de la invasión rusa, los servicios de inteligencia estadounidenses ya usaban IA para predecir los movimientos de Moscú. La analítica de datos en tiempo real ha permitido a Ucrania enfrentar a un ejército que gasta once veces más en defensa: 65.000 millones de dólares anuales de Rusia frente a 6.000 millones de Ucrania.
Al otro lado del mundo, la Fuerza Aérea de Estados Unidos acelera su programa de Aeronaves de Combate Colaborativas (CCA). En julio, dos prototipos de drones autónomos —el YFQ-44A Fury de Anduril y el YFQ-42A Dark Merlin de General Atomics— realizaron vuelos de prueba en el desierto de Mojave, manejados completamente por software. El Pentágono ha solicitado 54.600 millones de dólares para el próximo año fiscal en su nuevo Grupo de Guerra Autónoma de Defensa, con la meta de integrar más de 1.000 drones autónomos para finales de la década, cada uno con un costo estimado de entre 25 y 30 millones de dólares —una fracción del precio de un caza tripulado.
La lógica es clara: las máquinas no se cansan, no se desmoralizan y, sobre todo, no generan bajas políticas. Como señala un análisis del New York Times recogido por Diario.mx, el temor a las bolsas para cadáveres ha sido durante siglos uno de los mayores disuasivos de los conflictos. Los robots desechables producidos en masa eliminan ese freno.
¿Quién pone los límites?
Ha fracasado la comunidad internacional en establecer normativas vinculantes para las armas autónomas. Las Naciones Unidas llevan más de una década discutiendo el tema sin lograr un código de conducta. Mientras tanto, China y Rusia avanzan. Vladímir Putin declaró en 2017 que quien lidere en IA "se convertirá en el gobernante del mundo". Pekín ha integrado la IA en su estrategia de "fusión civil-militar", eliminando barreras entre el sector civil y militar.
En Estados Unidos, la Directiva 3000.09 del Departamento de Defensa exige intervención humana para "ejercer un juicio humano adecuado sobre el uso de la fuerza", pero no prohíbe el desarrollo de armas totalmente autónomas. El teniente general retirado Jack Shanahan, exdirector del centro conjunto de IA del ejército, lo resumió así: "Ahora mismo, estamos avanzando a ciegas".
¿Y América Latina? Salvo excepciones, la región carece de una política explícita sobre armas autónomas. No tiene capacidad de desarrollar estos sistemas, pero sí puede convertirse en importadora o, peor aún, en escenario de su uso por terceros. El debate ético —responsabilidad por errores algorítmicos, cumplimiento del derecho internacional humanitario, protección de civiles— parece ajeno a las agendas legislativas locales.
El dilema latinoamericano
Para los ejecutivos y tomadores de decisiones en la región, el mensaje es doble. Por un lado, la tecnología de IA aplicada a defensa abre oportunidades de innovación en vigilancia, seguridad pública y logística. Pero también expone a países sin capacidad de disuasión cibernética a riesgos de proliferación no controlada. Un dron autónomo de bajo costo, como los que se fabrican en Ucrania, podría terminar en manos de grupos criminales o fuerzas irregulares en cualquier país latinoamericano.
Está escribiendo la guerra de Ucrania el manual de la guerra futura. América Latina no puede darse el lujo de leerlo después. Si la comunidad internacional no logra acordar reglas ahora, cuando la tecnología aún es incipiente, ¿qué ocurrirá cuando los enjambres de drones autónomos sean tan baratos y ubicuos como hoy lo son los teléfonos inteligentes?