En 2015, Apple anunció con bombos y platillos la construcción de un centro de datos en Athenry, Irlanda. Una inversión de mil millones de dólares en 500 acres que prometía energía renovable, senderos y reforestación. La compañía no esperaba que un grupo de vecinos, preocupados por el ruido, la contaminación lumínica y el impacto en la fauna local, lograra frenar el proyecto durante tres años hasta que Apple lo abandonó en 2018. La historia se repite hoy a escala global: mientras la inteligencia artificial dispara la demanda de infraestructura de cómputo, las comunidades locales están diciendo basta.
En Estados Unidos, al menos 75 proyectos de centros de datos han sido bloqueados o retrasados por la oposición ciudadana, según reportes recientes. Los argumentos son casi siempre los mismos: el consumo desmedido de energía, el ruido de los generadores de respaldo, el impacto visual y, sobre todo, la sed de agua que estas instalaciones requieren para refrigerar servidores. En un mundo donde cada clic de IA generativa puede consumir hasta diez veces más electricidad que una búsqueda tradicional, la ecuación se vuelve insostenible.
Chile es el caso más elocuente para América Latina. En la Región Metropolitana de Santiago, la fiebre por instalar centros de datos choca de frente con una megasequía que ya dura más de una década. Los humedales de Quilicura y Lampa —ecosistemas urbanos que actúan como esponjas naturales y refugios de biodiversidad— están siendo presionados por el avance inmobiliario y ahora por la promesa de gigantes tecnológicos que quieren poner sus servidores cerca de los usuarios. Un estudio de la Universidad de Chile documentó cómo desde 1985 la superficie de humedales como Kula Kura y Puente Negro se ha reducido drásticamente, mientras la acción humana y la sequía meteorológica aceleran su degradación. La llegada de centros de datos no haría más que agravar esa tensión.