Mientras en Estados Unidos y Europa los gigantes de la inteligencia artificial prometen fondos millonarios para estudiar el impacto de sus propias creaciones en el empleo y el bienestar, un informe del Banco Mundial traza un panorama radicalmente distinto para los países en desarrollo. La IA no amenaza los sistemas productivos de las economías emergentes: puede acelerarlos. Y América Latina, en el medio, enfrenta la decisión de copiar los marcos regulatorios del norte o adaptar la tecnología a sus propias realidades.
Las big tech preparan el terreno para la disrupción
Anthropic, creadora del modelo Claude, anunció un programa de 200 millones de dólares (173 millones de euros) para financiar investigaciones sobre cómo la IA alterará el mercado laboral y la economía en general. El objetivo es claro: anticiparse a una disrupción que su propio director ejecutivo, Dario Amodei, considera "mucho mayor y más duradera que anteriores cambios tecnológicos". La empresa incluso sugiere que los impuestos a las compañías de IA podrían financiar una renta básica universal en el futuro.
Por separado, la firma lanzó un fondo de 5 millones de dólares para evaluaciones independientes sobre el impacto de sus modelos en el bienestar de los usuarios. OpenAI, por su parte, prometió que los beneficios de la IA se "compartan ampliamente" y explora, junto al senador Bernie Sanders, un fondo público que entregue participaciones accionarias a la ciudadanía.
El diagnóstico que comparten ambas empresas es el mismo: la automatización golpeará con fuerza los empleos de cuello blanco en las economías avanzadas. Los cálculos del propio sector indican que la tasa de automatización en el primer mundo superará el 14%, con sectores como la programación o el diseño ya seriamente amenazados.
Un escenario opuesto para el mundo en desarrollo
Según el informe "World Development Report 2026: The Promise of Artificial Intelligence" del Banco Mundial, el panorama es casi inverso. En los países en desarrollo, la tasa de automatización rondaría el 4,5%, muy por debajo del 14% de las economías avanzadas. Lejos de representar una amenaza, la IA podría elevar la productividad en torno al 16% en esas naciones, frente al 18,7% estimado para el primer mundo, pero con un riesgo social mucho menor. La organización proyecta que el crecimiento potencial anual de las economías emergentes pasaría del 4,1% al 4,9% gracias a la IA, mientras que en los países ricos el salto iría del 1,2% al 3,6%.
La clave, según el organismo, no está en competir en la carrera de los modelos fronterizos —que exigen inversiones de cientos de miles de millones de dólares, más que el PIB nominal de muchos países—, sino en adaptar herramientas ya existentes a idiomas, instituciones, datos y realidades locales.
Los ejemplos ya operativos lo confirman: en Bangladesh, la imagen médica generada por IA aumentó un 40% los pacientes cribados diariamente por problemas de visión diabética; en el estado indio de Telangana, las previsiones meteorológicas con IA generaron ahorros de hasta 560 dólares por pequeño agricultor; en Ghana, un sistema de tutoría por mensajes de texto logró casi un año de aprendizaje en matemáticas con un coste de 5 dólares por estudiante; y en Kenia, la judicatura usa IA para asignar más de 10.000 casos anuales a mediadores.
Qué significa esto para América Latina
La región no aparece en los ejemplos del informe, pero el mensaje es directamente aplicable. Países como México, Colombia o Chile no necesitan desarrollar sus propios modelos de lenguaje; necesitan adoptar la IA para resolver problemas concretos: salud rural, educación de baja calidad, agroeficiencia, justicia congestionada. El reto no es tecnológico, es institucional. Un marco regulatorio que copie la rigidez europea —como el reciente énfasis del Consejo de la UE en la salud mental digital de menores— puede frenar la adopción antes de que empiece. Por el contrario, reglas claras que protejan datos personales sin ahogar la innovación podrían atraer soluciones globales adaptadas al contexto local.
Contundente es el aviso del Banco Mundial: los países en desarrollo perdieron la primera Revolución Industrial y pagaron el precio durante dos siglos. "No pueden permitirse perderse esta", sentencia Indermit Gill, economista jefe del organismo. La ventana de oportunidad es estrecha, porque la IA se difunde más rápido y es más sensible al contexto que el vapor o la electricidad.
La decisión está en manos de los reguladores
Mientras las big tech gastan millones en estudiar cómo repartir las ganancias de la IA en el norte, América Latina tiene la oportunidad de definir su propio camino. La pregunta no es si la IA llegará, sino quién la gobernará. Los ejecutivos de la región deberían mirar más a Bangladesh y Kenia que a Silicon Valley: la adopción inteligente de herramientas existentes, con marcos regulatorios ligeros y centrados en resultados, puede ser el catalizador que la región necesita para cerrar brechas de décadas en productividad. La alternativa —esperar a que los gigantes tecnológicos y los reguladores del norte definan las reglas— es el camino más seguro hacia la dependencia.