Ética & sociedad Anthropic, demandada por el uso de canciones para entrenar su IA
Sony y Warner acusan a la creadora de Claude de usar "decenas de miles" de canciones sin licencia. La disputa marca el pulso global sobre quién paga por los datos que alimentan la IA.
Cuando un juez de California calificó el comportamiento de Anthropic como “piratería directa, pero a escala masiva”, la frase pudo leerse como una metáfora de tribunal. La demanda que Sony Music Publishing y Warner Chappell presentaron el 28 de agosto ante la justicia del norte de California la convierte en una descripción literal: la empresa detrás de Claude no solo habría descargado millones de libros, sino que también habría incorporado “decenas de miles” de composiciones musicales a sus modelos sin pasar por las licencias.
Los demandantes lo expresan sin matices: “uno de los mayores y más flagrantes robos continuos de propiedad intelectual de la historia”. Entre las obras que mencionan están “All I Want for Christmas Is You”, “Eye of the Tiger”, “Livin’ on a Prayer” y “Hallelujah”.
La denuncia se apoya en un precedente que ya sacudió a la industria. En 2025, Anthropic pagó USD 1.500 millones para resolver una demanda colectiva de autores por el uso no autorizado de 7 millones de libros bajados de sitios piratas como Library Genesis y Pirate Library Mirror. Ahora las editoriales musicales sostienen que ese acuerdo no bastó. “USD 1.500 millones no es una cifra lo bastante grande para disuadir la infracción de una empresa que ha convertido esa infracción masiva en una valoración de USD 2 billones”, afirman.
Más allá de la cifra, la demanda apunta a dos personas concretas: Dario Amodei y Benjamin Mann, cofundadores de la compañía. La presentación los describe como responsables directos de la campaña de descargas ilegales, e incluye comunicaciones internas que, según los demandantes, muestran a empleados celebrando las bibliotecas piratas —“Zlibrary my beloved”— y a Mann usando BitTorrent en 2021 y 2022 para bajar millones de libros. El detalle jurídico tiene peso: en BitTorrent, cada descarga implica también una subida, lo que convierte cada transferencia en una reproducción y una distribución simultánea de la obra.
Anthropic ya respondió que defenderá su posición. Pero el conflicto no se limita a la empresa creadora de Claude. Universal Music Group y Concord Music Group también han presentado reclamos, y a fines de agosto el generador musical Suno perdió un caso en Alemania por entrenar sus sistemas con canciones sin autorización. Las editoriales musicales piden hasta USD 150.000 por cada obra infringida y USD 25.000 por cada caso de eliminación de información de gestión de derechos. Con un mínimo de 20.000 composiciones involucradas, la exposición financiera potencial se cuenta en miles de millones de dólares.
América Latina define sus reglas
Mientras los tribunales de Estados Unidos deciden cuánto cuesta el contenido cultural, en América Latina el péndulo se mueve en otra dirección.
La imprecisión es justamente el problema: sin una definición clara de qué se considera “explotación”, la excepción habilita usos que van más allá del análisis técnico y pueden derivar en productos que compiten con las obras originales.
Para las empresas y los medios latinoamericanos, el paralelo entre el caso Anthropic y la ley chilena no es abstracto. Una cosa es que un modelo de IA reproduzca una canción sin pagar, y otra muy distinta es que la legislación local lo habilite por omisión o por ambigüedad. El efecto sobre el mercado de licencias y sobre los ingresos de compositores, escritores y editores es el mismo en ambos escenarios: quienes producen cultura terminan financiando, con su trabajo, a quien construye los modelos.
La región todavía está a tiempo de elegir. Puede seguir el camino de la excepción amplia y barata, o puede aprender del litigio estadounidense y definir reglas de compensación antes de que sea un tribunal el que las imponga. La pregunta que queda flotando no es si la inteligencia artificial necesita datos, sino si los países latinoamericanos están dispuestos a ver cómo se apropian de su producción cultural sin que quede registro ni retorno. ¿Qué modelo van a elegir?