Mientras Estados Unidos, China y la Unión Europea invierten miles de millones en la próxima frontera tecnológica, América Latina corre el riesgo de quedar al margen de una revolución que promete redefinir la criptografía, la inteligencia artificial y la simulación de materiales. La computación cuántica no es una evolución incremental de los chips actuales; es un salto de paradigma que permite procesar información de manera exponencialmente más rápida para problemas que los ordenadores clásicos simplemente no pueden resolver. Y la pregunta que deben hacerse los gobiernos y las empresas de la región no es si podrán competir cabeza a cabeza con potencias como Estados Unidos o China, sino cómo pueden encontrar su propio espacio en el tablero cuántico global.
El riesgo de quedarse fuera
El centro de gravedad de la investigación cuántica se concentra hoy en el eje Washington-Pekín-Bruselas. Estados Unidos ha destinado más de 1.200 millones de dólares desde 2018 a través de la National Quantum Initiative Act, y empresas como IBM, Google y Honeywell compiten por construir los primeros ordenadores cuánticos útiles. China ha convertido el desarrollo cuántico en una prioridad del Partido-Estado, con miles de millones invertidos en proyectos como el satélite Micius o el procesador Zuchongzhi. La Unión Europea, por su parte, ha apostado por el Quantum Flagship, un programa de 1.000 millones de euros a diez años, buscando equilibrar avance tecnológico con protección de derechos fundamentales.
América Latina, en cambio, carece de una estrategia coordinada y de inversiones significativas en este campo. Salvo contadas excepciones —como los grupos de investigación cuántica en Brasil, México o Chile—, la región se asoma a esta carrera con presupuestos marginales y sin una hoja de ruta clara. Pero esa misma posición de relativo vacío ofrece una ventana de oportunidad poco explorada.
Oportunidades concretas para la región
La computación cuántica no exige tener un ordenador de 1.000 qubits para empezar a participar. De hecho, la cadena de valor cuántica incluye eslabones mucho más accesibles: el desarrollo de algoritmos, la criptografía post-cuántica, la formación de talento especializado y la creación de infraestructura de software. América Latina cuenta con capital humano calificado: universidades como la UNAM en México, la USP en Brasil o la Universidad de Chile forman físicos y matemáticos de primer nivel que podrían pivotar hacia la investigación cuántica si existieran los programas adecuados.
Además, la región tiene necesidades específicas donde la computación cuántica podría generar impactos inmediatos. La optimización de cadenas de suministro agroalimentarias, la simulación molecular para el desarrollo de fármacos contra enfermedades endémicas, o la mejora de modelos climáticos para predecir fenómenos extremos son aplicaciones donde un ordenador cuántico —incluso uno ruidoso de escala media— podría ofrecer ventajas concretas. No se trata de competir por la supremacía cuántica, sino de ser usuarios inteligentes de una tecnología que otros están construyendo.
El peligro de la dependencia tecnológica
El verdadero riesgo para América Latina no es quedarse atrás en la carrera, sino quedar atrapada en una dependencia tecnológica similar a la que hoy vive con los semiconductores o los sistemas operativos. Si la región no invierte ahora en criptografía post-cuántica, por ejemplo, sus sistemas financieros y gubernamentales quedarán expuestos cuando un ordenador cuántico logre romper el cifrado RSA. Según expertos, ya hay gobiernos recolectando datos cifrados para descifrarlos cuando la tecnología esté disponible, en lo que se conoce como "cosechar ahora, descifrar después". América Latina no puede ignorar esa amenaza.
Pero hay otro frente igualmente crucial: la soberanía de datos. Si las únicas plataformas cuánticas accesibles son las que ofrecen IBM, Google o empresas chinas, la región transferirá a terceros el control sobre sus capacidades de simulación y modelado. Crear una infraestructura cuántica propia —aunque sea modesta— no es un lujo, sino una necesidad estratégica para proteger la autonomía en inteligencia artificial, defensa y ciencia de materiales.
Una propuesta concreta
América Latina debería apostar por un enfoque pragmático y colaborativo. En lugar de intentar construir ordenadores cuánticos desde cero, los países de la región podrían unir esfuerzos para crear un centro regional de investigación cuántica, financiado con fondos multilaterales y con la participación de universidades, empresas y gobiernos. Un consorcio de este tipo permitiría adquirir acceso a hardware cuántico vía la nube, formar a una nueva generación de especialistas y desarrollar aplicaciones adaptadas a las necesidades locales. El modelo europeo, con su Quantum Flagship, ofrece una referencia valiosa: cooperación sobre competencia.
Además, la región tiene una ventaja comparativa que no debe subestimar: su neutralidad geopolítica. En un mundo cada vez más polarizado entre Estados Unidos y China, América Latina podría posicionarse como un socio confiable para la colaboración científica abierta, sin las restricciones de control de exportaciones que ya afectan a otros bloques. Convertirse en un hub de talento cuántico y en un laboratorio de aplicaciones para el mundo en desarrollo no es una utopía, sino una jugada estratégica que requiere voluntad política y una visión de largo plazo.
El futuro no está escrito
La computación cuántica aún está en su infancia. Se estima que los ordenadores tolerantes a fallos no serán una realidad comercial hasta después de 2030. Ese margen de tiempo es, precisamente, la ventana que América Latina necesita para actuar. Si los gobiernos y las empresas de la región deciden hoy invertir en formación, investigación y alianzas, podrán estar listos cuando la tecnología madure. Si, por el contrario, optan por la pasividad, repetirán el patrón de dependencia que ha marcado otras revoluciones tecnológicas. La carrera cuántica no se gana solo con qubits: se gana con decisiones. Y en ese tablero, la jugada más inteligente no es necesariamente la más rápida, sino la más inclusiva.