Opinión Acemoglu vs Aghion define el rumbo del empleo en América Latina
El debate entre los Nobel Acemoglu y Aghion sobre el impacto de la IA en el empleo es clave para América Latina. La región debe elegir entre automatización excluyente o complementariedad productiva mediante políticas públicas.
El debate entre dos premios Nobel de Economía, Daron Acemoglu y Philippe Aghion, ha puesto sobre la mesa una pregunta que trasciende las aulas: ¿la inteligencia artificial reemplazará al trabajador o lo potenciará? Para América Latina, la respuesta no es una curiosidad académica; es una decisión estratégica que definirá el desarrollo de la región en las próximas décadas.
Acemoglu, del MIT, advierte sobre el riesgo de una IA orientada a la automatización. Si las empresas despliegan la tecnología para sustituir tareas humanas, el resultado podría ser una mayor concentración de ingresos y una caída en la participación laboral. Su análisis no es apocalíptico, pero sí preventivo: el camino de la automatización pura profundiza la desigualdad sin generar el crecimiento compartido que promete la innovación.
En la vereda opuesta, Aghion abraza la destrucción creativa. Para él, la IA es un motor de nuevas tareas, empleos y aumentos de productividad cuando se combina con trabajadores capacitados. La historia de las revoluciones tecnológicas respalda su optimismo: la electricidad y el software no eliminaron el trabajo, lo transformaron. La clave está en cómo se gestiona esa transición.
Pese a sus diferencias, ambos coinciden en un punto fundamental: el impacto de la IA no es un destino tecnológico, sino una construcción social. Depende de las políticas públicas, las inversiones en educación, los sistemas de protección social y las reglas que regulen su adopción. Es decir, el resultado se escribe desde hoy.
América Latina no puede darse el lujo de ignorar este debate. La región padece una informalidad laboral que ronda el 50 % y una adopción tecnológica heterogénea. Si la IA se introduce solo para automatizar procesos en sectores formales, podría dejar fuera a millones de trabajadores informales y profundizar la brecha digital. En cambio, si se orienta a complementar capacidades —por ejemplo, en agricultura de precisión, telemedicina o educación personalizada— podría impulsar la productividad de sectores rezagados.
La decisión no es técnica, sino política. Los gobiernos latinoamericanos tienen la oportunidad de diseñar estrategias que incentiven la complementariedad: programas de formación continua, incentivos fiscales para empresas que inviertan en capacitación tecnológica, y redes de protección para quienes queden desplazados. También necesitan marcos regulatorios que eviten el uso extractivo de la IA y promuevan su difusión en pequeñas y medianas empresas.
Para los ejecutivos y directivos, el mensaje es claro: la IA no es una opción binaria entre reemplazar y potenciar. Es una herramienta cuyo impacto depende de cómo se implemente. Invertir en la formación de equipos, en procesos que aumenten las capacidades humanas y en una cultura de aprendizaje continuo no es filantropía, es estrategia de negocio a largo plazo. Las compañías que lideran la adopción en la región ya están rediseñando puestos: un call center que usa IA para asistir a los agentes, no para reemplazarlos, o una empresa de logística que optimiza rutas y capacita a sus choferes, son ejemplos de que la complementariedad es rentable.
La ventana de oportunidad se estrecha. Mientras otras regiones avanzan en la definición de reglas y programas, América Latina corre el riesgo de quedar rezagada si no actúa con decisión. El Nobel de Acemoglu y Aghion no es solo un hito académico; es una señal de que la economía debe poner la tecnología al servicio de las personas. La región tiene los recursos humanos y la creatividad para hacerlo. Falta la voluntad política y empresarial. La pregunta ya no es si la IA reemplazará o complementará, sino qué estamos dispuestos a hacer para que el resultado sea el segundo.