Players Venice AI y el negocio de la privacidad: un unicornio que incomoda a las Big Tech
Con 65 millones de dólares y una valoración de 1.000 millones, Venice AI demuestra que hay mercado para modelos de IA sin censura ni vigilancia. ¿Qué les dice esto a las empresas latinoamericanas que manejan datos sensibles?
Hay una demanda silenciosa que las grandes plataformas de inteligencia artificial prefieren no atender: la de quienes quieren usar la tecnología sin dejar rastro. Venice AI acaba de probar que esa demanda mueve cifras de unicornio. La startup levantó 65 millones de dólares en una ronda Serie A liderada por Dragonfly —con participación de Coinbase Ventures y North Island Ventures— y alcanzó una valoración de 1.000 millones de dólares, según reportó TechCrunch. El dato relevante no es solo el monto, sino que la compañía ya era rentable antes de salir a buscar capital externo: genera más de 70 millones de dólares en ingresos anualizados y atiende a 3 millones de usuarios activos con un promedio de 1,7 millones de llamadas API por día.
Fundada en mayo de 2024 por Erik Voorhees —un veterano del ecosistema cripto que ya había fundado ShapeShift y Satoshi Dice— y Teana Baker-Taylor, Venice AI se posiciona en un nicho incómodo para los gigantes tecnológicos: el de la IA sin vigilancia. La plataforma ofrece acceso a más de 200 modelos de código abierto que pueden generar texto, imágenes, audio y video, sin los filtros de contenido que aplican OpenAI, Anthropic o Google. Toda la información del usuario se cifra del lado del cliente y se enruta a través de un proxy externo antes de ser procesada; la empresa asegura que no almacena datos en sus propios servidores. Incluso añade cifrado de extremo a extremo en algunos modelos, aunque como característica premium.
El discurso de Voorhees es contundente: defiende su servicio como una "herramienta neutral", comparable al protocolo de Bitcoin, y sostiene que "es bastante peligroso, desde una perspectiva de seguridad, que el mundo entre en esta fase y que todos sean vigilados constantemente". La compañía llega al extremo de ajustar las instrucciones de los modelos abiertos para que respondan con mayor apertura, sin agregar restricciones. Es un enfoque que atrae a desarrolladores y usuarios que buscan soberanía digital, pero que también abre interrogantes sobre el uso de la plataforma para fines problemáticos, algo que Voorhees reconoce al decir que tratan su servicio como "una plataforma neutral".
La historia de Venice tiene un componente adicional que importa a los emprendedores de la región. La startup alcanzó su valoración de unicornio por una ruta distinta a la tradicional: antes de la Serie A, lanzó un token llamado VVV sobre la red Base (Layer 2 de Ethereum), que se distribuyó mediante airdrop sin preventa y alcanzó una valoración totalmente diluida de 1.000 millones de dólares por demanda de mercado. Solo el 8% de los usuarios paga con cripto, pero el token funciona como mecanismo de incentivo: se puede hacer staking para generar DIEM, otro token que otorga créditos perpetuos equivalentes a 1 dólar diario para usar en la plataforma. Es un modelo híbrido que combina facturación tradicional con economías tokenizadas.
Para las empresas latinoamericanas, lo que está haciendo Venice AI no es una curiosidad tecnológica: es una señal de mercado. En una región donde las leyes de protección de datos aún son dispares —países como Brasil y Argentina tienen regulaciones avanzadas, mientras otros carecen de marcos claros—, la capacidad de usar modelos de IA sin exponer información confidencial de clientes o empleados puede convertirse en una ventaja competitiva. Sectores como la banca, la salud o las fintech, que operan con datos altamente regulados, podrían encontrar en este tipo de plataformas un camino para adoptar inteligencia artificial generativa sin comprometer la privacidad. Además, el modelo de financiamiento vía tokens abre una puerta para startups locales que no califican en los circuitos tradicionales de venture capital: crear una comunidad tokenizada desde el inicio, alinear incentivos con los usuarios y alcanzar escalas de valoración sin depender de rondas institucionales.
Sin embargo, el camino no está exento de riesgos. La apuesta por la "neutralidad" de la plataforma puede chocar con regulaciones locales de contenido, especialmente en mercados donde el discurso de odio o la desinformación están tipificados como delitos. Los reguladores latinoamericanos, que ya están mirando con lupa a los grandes modelos de lenguaje, no tardarán en preguntarse quién responde si un chatbot sin censura genera daños. Por ahora, Venice AI ha decidido usar los 65 millones de la ronda para comprar GPUs y construir sus propios centros de datos, dejando de alquilar capacidad en la nube. Es una apuesta por la independencia técnica que, si funciona, podría redefinir cómo se construyen y consumen los modelos de inteligencia artificial en un mundo que empieza a desconfiar tanto de la censura como de la vigilancia.