Un modelo entrenado con datos de la base MIMIC-III predice hipoxemia con precisión aceptable en Boston. El mismo modelo, desplegado en una UCI de Bogotá o São Paulo, degrada su rendimiento hasta volverse inseguro. El problema no es el algoritmo: es el desplazamiento de distribución que introduce cada hospital —demografía distinta, protocolos clínicos propios, sensores de otra marca— y que los benchmarks estándar no capturan.