IA hoy La IA ya no es solo código: las donaciones apuntan a la ética
De Texas a Oxford, la filantropía universitaria marca el rumbo: la IA necesita tanto ingenieros como filósofos. ¿Qué implica para América Latina?
De los laboratorios a las aulas
Primero fue una donación de 20 millones de dólares a la Universidad de North Texas para crear una facultad de inteligencia artificial. Después, la noticia más llamativa: Stephen Schwarzman, el magnate que ya había puesto dinero en el MIT, entregó a Oxford una suma que la propia institución describe como la donación más cuantiosa desde el Renacimiento. ¿El propósito? Un centro que no solo impulsará la IA, sino que preguntará qué debería estar permitido.
El Centro Schwarzman y el Instituto de Oxford para la Ética de la IA forman parte de un mismo gesto. Detrás hay una idea que el mundo corporativo tiende a subestimar: las humanidades no están reñidas con la tecnología. Oxford lo dice con todas sus letras: si la IA puede ser beneficiosa para la humanidad, hay que entender sus implicaciones morales y éticas. Y para eso, nada mejor que una institución con siglos de filosofía.
No es un gesto aislado. El año pasado, Schwarzman ya había donado al MIT una cantidad todavía mayor para investigar el aprendizaje automático (machine learning). La diferencia es que esta vez el foco está en la ética, un tema que Stephen Hawking puso sobre la mesa cuando advirtió sobre los posibles peligros de la tecnología. La filantropía, en otras palabras, está pasando de financiar el acelerador a financiar los frenos.
La lectura para América Latina
En Europa, la conversación va por otro carril pero apunta a lo mismo: la tecnología no es neutra y necesita marcos. La European Conference on Technology-Enhanced Learning (ECTEL) celebrará su edición de 2026 en la UNED de Valencia del 14 al 18 de septiembre, con unos 200 especialistas. Allí se hablará de aprendizaje mejorado por tecnología y de cómo conectar investigadores, proveedores y usuarios. La coordinadora del evento, Santos, lo resume con un dato personal: su primera contribución fue hace veinte años, en el Doctoral Consortium de ECTEL 2006. Esa continuidad también es una forma de construir criterio.
Los ejecutivos latinoamericanos suelen ver la IA como un problema de adopción: qué herramienta usar, qué proveedor contratar, cuánto invertir. Pero lo que está pasando en Oxford y en Valencia sugiere que el verdadero riesgo es otro: dejar que otros definan los límites éticos y formativos de una tecnología que ya opera en la región. La UNED, con su red de centros asociados distribuida por todo el territorio, es un ejemplo de educación descentralizada directamente replicable en países latinoamericanos.
La pregunta para un director general en México, Colombia o Argentina no es si su empresa va a usar IA en los próximos años. La pregunta es quién, dentro de su organización, está decidiendo qué usos son aceptables y quién está formando a su gente para participar en esa discusión. Si la respuesta es nadie, el problema no será de algoritmos: será de criterio. Y eso, a diferencia de un servidor, no se compra.