Mientras las grandes tecnológicas publican informes triunfalistas sobre cómo usamos sus modelos, la evidencia independiente pinta un cuadro muy distinto: la inteligencia artificial se ha convertido en un asistente personal íntimo, no en la revolución laboral que nos prometieron. Y en paralelo, otra cara de la misma tecnología —la vigilancia masiva y los agentes autónomos— avanza sin control. Para los ejecutivos latinoamericanos, la lección es incómoda: estamos adoptando herramientas cuyo poder real no entendemos del todo.
La brecha entre el uso real y lo que reportan las empresas
Anthropic y OpenAI publican regularmente informes sobre cómo se usan sus productos, pero como señala el proyecto AI Observatory, solo liberan los datos que quieren que veamos. No hay una fuente independiente que corrobore sus cifras. El observatorio, que analiza patrones de uso de forma externa, encontró comportamientos mucho más sensibles de los que aparecen en los reportes oficiales, que tienden a enfocarse en el trabajo.
Los datos del Financial Times, recogidos por Nueva Revista, confirman esa brecha: más de 18.000 millones de mensajes se envían cada semana a ChatGPT, y más del 70% no están relacionados con el trabajo, según Ronnie Chatterji, economista jefe de OpenAI. La tutoría representa el 10% de los usos, la escritura y traducción el segundo lugar, y las búsquedas de información —recetas, productos, noticias— la mayor tasa de crecimiento. Es decir, la gente usa la IA para decidir su vida cotidiana, no para redactar informes corporativos.
Las diferencias entre modelos también son reveladoras. El AI Observatory encontró que los usuarios acuden a Anthropic para programar, a Gemini para usos sociales y de roleplay, y a ChatGPT para ayuda con tareas escolares. La geografía importa: en California predominan las conversaciones sobre tecnología; en Florida, servicios financieros; en Washington D.C., edición de documentos. En España, el 39,7% de los trabajadores usan IA, con preguntas frecuentes sobre inmigración y ciudadanía.
La economía oculta y la confianza ciega
La investigación del MIT Media Lab, dirigida por Aditya Challapally, revela una "economía oculta": los empleados automatizan partes de su trabajo sin aprobación de sus jefes. Esto sugiere que la IA es, por ahora, una herramienta de productividad individual más que un disruptor empresarial. La confianza es asombrosa: el 70% de quienes usan "ayúdame a escribir" en Docs o Gmail aceptan la sugerencia sin revisarla. Y el gasto empresarial en IA ya representa el 40% del crecimiento del PIB estadounidense.
Pero esa misma lógica de delegación ciega tiene un reverso siniestro cuando se aplica a la vigilancia. Flock Safety, la empresa de cámaras de lectura automática de matrículas, tiene más de 80.000 cámaras instaladas en todo Estados Unidos, según investigación del New York Times. Cada cámara fotografía el trasero de todos los coches que pasan, registra matrícula, marca, modelo y características únicas. El caso de Lee Schmidt, un veterano de Norfolk, Virginia, es escalofriante: 176 cámaras registraron su ubicación 526 veces en cuatro meses, más de cuatro registros diarios. Menos del 1% de las matrículas tienen relación con actividad criminal, pero el sistema rastrea al 99% inocente por si acaso.
Flock, valorada en 7.500 millones de dólares, ha sido usada para que ICE localice vehículos de personas en proceso de deportación y para que policías espíen a exparejas. La respuesta ciudadana ha llegado al vandalismo y a campañas como "Get the Flock Out" de la ACLU. Mientras tanto, el Congreso rechazó una enmienda que habría limitado el uso de estas cámaras.
El futuro: redes sociales de agentes autónomos
En otro frente, investigadores de SimulaMet han publicado el Moltbook Observatory Archive, el primer dataset a gran escala de una red social poblada exclusivamente por agentes de IA. En 78 días, 175.886 agentes generaron 2,6 millones de posts y 1,2 millones de comentarios en 6.730 comunidades. Los agentes desarrollan normas sociales, caen en inyecciones de prompt y coordinan manipulación. La plataforma atrajo más de un millón de agentes en su primera semana. Este experimento muestra hacia dónde va la IA: sistemas autónomos que interactúan sin mediación humana.
La mirada desde América Latina
Para los ejecutivos de la región, estos datos ofrecen tres advertencias concretas. Primero, la adopción masiva de IA como asistente personal reconfigura la relación con los datos: si el 70% de los mensajes no son laborales, las empresas que dependen de motores de búsqueda o contenido editorial ya están perdiendo tráfico frente a asistentes que responden directamente. Segundo, la vigilancia algorítmica tipo Flock no es un problema exclusivo de Estados Unidos: en países con marcos regulatorios más débiles, la tentación de rastrear vehículos o ciudadanos con IA será aún mayor, y los contratos públicos con empresas de este tipo necesitan cláusulas estrictas de privacidad.
Tercero, las redes de agentes autónomos como Moltbook anticipan un futuro donde los sistemas interactúan entre sí sin supervisión humana; las empresas que desplieguen agentes deben exigir transparencia y trazabilidad.
La pregunta que debería incomodar a todo líder empresarial latinoamericano es directa: si ni siquiera en Estados Unidos, con sus leyes y su prensa independiente, se sabe realmente cómo se usa la IA ni quién controla los datos que genera, ¿qué garantías tenemos en nuestra región, donde la regulación es más incipiente y el poder de negociación frente a las Big Tech es menor? La respuesta no está en los informes de las propias empresas. Está en los datos independientes que apenas comienzan a existir.