Ética & sociedad La carta de los economistas sobre la IA: ¿qué significa para América Latina?
Más de 200 economistas, incluidos 16 Nobel, piden actuar ya ante el impacto de la IA. Mientras los datos globales no muestran desempleo masivo, la transformación puede ser más rápida que la Revolución Industrial. Para América Latina, el desafío es doble: capturar las ganancias de productividad y preparar a trabajadores e instituciones.
Más de 200 economistas e investigadores, entre ellos 16 premios Nobel, firmaron una carta abierta impulsada por la Universidad de Stanford en la que advierten que la inteligencia artificial podría desencadenar una transformación económica superior a la Revolución Industrial, pero en un plazo mucho más corto. El mensaje es claro: las instituciones actuales no están preparadas y es necesario actuar ya para construir políticas públicas y barreras de protección que orienten la tecnología hacia un beneficio colectivo. La declaración, respaldada por ejecutivos de OpenAI, Anthropic y Google, pide no dejar que las fuerzas del mercado decidan solas el rumbo, porque el riesgo de dejar atrás a la mayoría de los ciudadanos es real.
Los datos recientes, sin embargo, muestran un panorama matizado. La OCDE reportó que la tasa de desempleo entre sus 38 miembros se mantiene en 4,9%, apenas por encima del mínimo histórico, y su secretario general, Mathias Cormann, afirmó que no hay evidencia de una caída generalizada de la demanda laboral por la IA. Lo que sí cambia es el contenido del trabajo: las habilidades requeridas se transforman, y el acceso de los jóvenes al mercado se ha vuelto más complejo. Estudios del Banco Mundial y la OIT coinciden: la IA generativa tiende a complementar tareas humanas más que a reemplazar ocupaciones enteras, pero advierten que la transición exigirá una preparación profunda.
Un trabajo del economista Erik Brynjolfsson, director del laboratorio de economía digital de Stanford, ofrece datos concretos sobre productividad. En una empresa de atención al cliente con 5.172 agentes, la introducción de un asistente de IA elevó la productividad media un 14% (medida en incidencias resueltas por hora). El efecto fue mucho mayor entre los empleados novatos, que mejoraron hasta un 34%, mientras que los experimentados apenas notaron cambios. En otro estudio de 2025, Brynjolfsson identificó que en profesiones muy expuestas a la IA la ocupación de jóvenes de 22 a 25 años cayó entre 6% y 16%, principalmente por una ralentización en las contrataciones. Estos hallazgos sugieren que la IA no está provocando despidos masivos, pero sí cerrando la puerta de entrada a los perfiles júnior.
El impacto no es uniforme. Investigaciones en España, como las del Institut Valencià d’Investigació en Intel·ligència Artificial y la Cambra de Comerç de Barcelona, señalan que la exposición a la IA es mayor en las zonas urbanas con servicios avanzados (Madrid, Barcelona, Málaga) y afecta de manera desproporcionada a las mujeres, que asumen mayoritariamente tareas administrativas y de gestión documental, las más automatizables. La franja de edad más crítica está entre los 35 y 50 años, justo cuando cambiar de sector es más difícil.
¿Qué implica esto para las empresas y ejecutivos latinoamericanos?
América Latina tiene características que hacen que esta advertencia sea especialmente urgente. La región carece de las redes de protección social robustas de Europa o Estados Unidos, y sus instituciones de formación y reconversión laboral son débiles. Al mismo tiempo, la informalidad laboral sigue siendo alta –supera el 50% en varios países–, lo que significa que una parte importante de los trabajadores quedaría fuera de cualquier política de transición si la automatización se acelera.
Para los directivos locales, la lección de la carta de los economistas es doble. Por un lado, existe una oportunidad real de ganar productividad, como demuestra el caso de los agentes de call center de Stanford: las empresas que adopten IA de forma inteligente podrán mejorar la eficiencia de sus equipos, sobre todo si invierten en capacitar a los empleados con menos experiencia. Por otro, deben anticipar el impacto en sus estructuras de personal. Las tareas repetitivas de procesamiento de información –facturación, atención al cliente básica, gestión documental– son las primeras en automatizarse, y en América Latina son precisamente esas funciones las que ocupan una gran masa de trabajadores formales e informales.
Ignorar la señal sería riesgoso. La carta sugiere que los próximos años serán decisivos, y que esperar a que el impacto se materialice para reaccionar deja poco margen de maniobra. En un contexto donde el costo de implementar soluciones de IA sigue bajando –los modelos de lenguaje y las plataformas de automatización están al alcance de pymes–, las empresas que no se preparen para redefinir sus procesos y recualificar a su gente quedarán rezagadas. La pregunta que queda abierta para cada junta directiva en la región es: si el cambio es inminente y más rápido que la Revolución Industrial, ¿estamos construyendo ya los mecanismos de adaptación o estamos dejando que la marea nos arrastre?