Opinión IA y biotecnología: los menores de 35 que redefinen el juego
Nueve menores de 35 años están aplicando IA a la biotecnología: interfaces cerebrales y organismos diseñados por algoritmos. ¿Quién controla esa revolución?
Cada año, MIT Technology Review publica su lista de 35 innovadores menores de 35 años, personas cuya investigación está llamada a configurar el futuro de sus campos. Este año, nueve de esos nombres trabajan en biotecnología, y un hilo conductor atraviesa sus proyectos: la inteligencia artificial. No es una coincidencia. La biotecnología se ha convertido en una disciplina computacional, donde diseñar una proteína o un circuito genético ya no es solo cuestión de pipetas y cultivos, sino de modelos generativos, algoritmos de predicción y volúmenes masivos de datos.
Entre los seleccionados hay quien desarrolla dispositivos que se insertan literalmente en el cerebro para comprender la actividad neuronal y tratar distintos trastornos neurológicos. También está King, de 27 años, que trabaja con formas de vida diseñadas por IA: virus que, aunque no están vivos, podrían algún día fabricar medicamentos o absorber la contaminación. Son dos ejemplos de cómo la IA ha dejado de ser una herramienta auxiliar para convertirse en el motor mismo del descubrimiento biológico.
El laboratorio se convierte en algoritmo
La promesa es enorme. Los modelos de IA pueden explorar espacios de diseño biológico inmensos, mucho más rápido que cualquier experimento manual. En lugar de probar miles de compuestos en una placa, un algoritmo predice cuáles tienen más probabilidades de funcionar. En lugar de esperar años para comprender una enfermedad, un modelo encuentra patrones en datos genómicos en días. Esta aceleración no es incremental: transforma la naturaleza de la investigación.
Pero conviene hacer una pausa. ¿Quién controla esos modelos? Las herramientas de IA más potentes no están en los laboratorios universitarios, sino en manos de grandes empresas tecnológicas y farmacéuticas. Si la biotecnología depende cada vez más de la IA, entonces estos jóvenes innovadores también dependen de las plataformas y los datos que otros controlan. La pregunta no es solo quién innova, sino quién posee la infraestructura sobre la que se construye la innovación.
Una revolución que no es neutral
Hay además un problema de sesgos. Los modelos de IA son tan buenos como los datos con los que se entrenan. Si esos datos provienen de poblaciones específicas, los resultados pueden no generalizarse. Una forma de vida diseñada por IA podría ser perfecta en un contexto y fallar en otro. La biotecnología no escapa a los sesgos algorítmicos, y quienes están dando forma al futuro deberían ser conscientes de que la IA no es neutral.
La lista de este año es un recordatorio de que la biotecnología ya es una ciencia de la información. El microscopio y la secuenciadora de ADN fueron herramientas que transformaron la biología; la inteligencia artificial es la siguiente, y quizás la más profunda. Pero, como toda tecnología de propósito general, plantea preguntas incómodas sobre acceso, equidad y poder. Los menores de 35 tienen la creatividad, pero necesitan algo más que eso para asegurarse de que esta revolución no se convierta en otra forma de concentración corporativa.
El futuro de la biotecnología ya se escribe con código. La pregunta es quién tiene el lápiz, y qué requisitos firmará antes de usarlo.