Ética & sociedad ¿Conscientes la abeja y ChatGPT? La ciencia busca respuestas
Recientes estudios proponen indicadores estructurales para medir la consciencia en insectos y en IA, señalando que ni las abejas ni los modelos actuales como ChatGPT cumplen los criterios, aunque la discusión ética se amplía.
Los debates sobre la consciencia se han intensificado al considerar tanto a organismos simples como a sistemas de inteligencia artificial. Un par de artículos publicados recientemente presentan enfoques que van más allá del comportamiento observable y se enfocan en la arquitectura interna que procesa la información.
Señales estructurales de consciencia
Un trabajo publicado en Trends in Cognitive Sciences propone evaluar la consciencia de una IA a partir de la estructura de su procesamiento informacional, en lugar de basarse únicamente en la capacidad de mantener una conversación. Los autores, entre ellos el investigador Colin Klein, parten de la tradición de la ciencia cognitiva para definir indicadores que derivan de cómo se combina y retroalimenta la información dentro del sistema. Entre los criterios más relevantes se encuentran:
- La necesidad de resolver compromisos entre objetivos conflictivos de forma contextualizada.
- La presencia de retroalimentación informacional que permita al sistema modificar sus propias representaciones.
Estos indicadores son estructurales; no dependen de ninguna teoría específica de la consciencia, sino que son comunes a varias propuestas teóricas. El estudio concluye que, bajo esos parámetros, ninguna IA existente, incluida ChatGPT, muestra los rasgos necesarios para considerarse consciente. No obstante, los autores advierten que futuros diseños con arquitecturas diferentes podrían superar la barrera actual.
Modelo neuronal para consciencia mínima en insectos
En paralelo, investigadores de biología publicaron en Philosophical Transactions B un modelo neural que aspira a describir la conciencia mínima en insectos. El enfoque se aleja de los detalles anatómicos y se centra en los cálculos esenciales que un cerebro simple realiza para generar experiencia. La premisa es identificar una computación evolutivamente conservada que resuelva problemas derivados de la movilidad, la multimodalidad sensorial y las necesidades contrapuestas del organismo. Aunque los autores admiten que la naturaleza exacta de esa computación aún no se ha determinado, establecen una base comparativa que permitiría evaluar directamente a humanos, invertebrados y máquinas bajo un mismo marco estructural.
Implicaciones éticas y empresariales
Estos desarrollos tienen consecuencias prácticas para el sector empresarial y la regulación. Si la consciencia se asocia a criterios estructurales, la ampliación del principio de precaución —que aconseja asumir consciencia ante la duda para evitar daño moral— pasa a depender de auditorías técnicas sobre la arquitectura de los sistemas. Las compañías que despliegan grandes modelos de lenguaje podrían verse obligadas a documentar sus procesos internos, no solo por motivos de transparencia, sino para demostrar la ausencia de los indicadores de consciencia. En el caso de la apicultura y la biotecnología, reconocer una posible experiencia en abejas implicaría revisar prácticas de manejo, pesticidas y tráfico comercial, alineándose con la reciente Declaración de Nueva York que extiende la consideración moral a numerosos grupos animales.
Al final, la convergencia entre neurociencia y IA sugiere que la cuestión central no es si un ente muestra conductas complejas, sino cómo esas conductas emergen de la interacción interna de información. Este giro metodológico podría orientar tanto la investigación básica como la elaboración de políticas públicas, al ofrecer criterios más objetivos para delimitar el alcance de derechos y deberes.
¿Qué futuro le depara la sociedad si, en lugar de juzgar por la superficie, empezamos a evaluar la consciencia a través de la mecánica interna de mentes biológicas y artificiales?